sábado, 21 de julio de 2018

“The Whole Horse” (El Caballo Entero), un Ensayo de Wendell Berry de 1996, traducido al español.



Este ensayo junto con otros fue publicado en su libro “Citizenship Papers” de 2003.

El Caballo Entero

Esta mente moderna ve sólo la mitad del caballo -- la mitad que puede convertirse en una dinamo, o un automóvil, o cualquier otra máquina movida por un caballo. Si esta mente tuviese algo de respeto por el caballo que come pasto, no habría inventado el motor que representa sólo la mitad de él. La mente religiosa, por el contrario, tiene este respeto; desea el caballo entero, y no puede satisfacerse con menos. Debe entenderse, una mente religiosa que requiera algo más que una media-religión.
Allen Tate,
                        “Remarks on the Southern Religion,” en I’ll Take My Stand

Uno de los resultados primarios -- y de las necesidades primarias -- del industrialismo es la separación de personas y lugares y productos de sus historias. En la medida en que participamos en la economía industrial, no sabemos las historias de nuestras comidas, nuestros hábitats o de nuestras familias. Esta es una economía y de hecho una cultura, de la relación de una noche. "Tuve un buen momento," dice el amante industrial, "pero no me preguntes mi apellido". Así, el que se alimenta industrialmente, dice al cerdo industrial esbelto, "estaremos juntos en el desayuno. No quiero verte antes, y no me interesa recordarte luego."
 En esta condición, tenemos muchas mercancías (productos básicos /  commodities), pero poca satisfacción, poco sentido de la suficiencia de cualquier cosa. La escasez de satisfacción hace de nuestras muchas commodities, de hecho, una serie infinita de commodities, las nuevas commodities siempre prometiendo mayor satisfacción que las anteriores. Y entonces podemos decir que la commodity que más se comercializa en la economía industrial es la satisfacción, y que esta commodity, que es en reiteradas ocasiones, prometida, comprada y pagada, nunca es entregada. Por otro lado, las personas que tienen mucha satisfacción no necesitan muchas commodities.
La persistente falta de satisfacción está directa y complejamente relacionada con la disociación de nosotros mismos y de nuestros bienes y de las historias nuestras y las suyas. Si las cosas no duran, si no se hacen para durar, no pueden tener historias, y nosotros que usamos estas cosas no podemos tener recuerdos. Compramos cosas nuevas con la promesa de satisfacción porque hemos olvidado la promesa de satisfacción por la cual compramos nuestras cosas anteriores. Uno de los procedimientos de la economía industrial es reducir la duración de los materiales. Por ejemplo, la madera, que bien usada en edificios y mobiliario y bien cuidada puede durar cientos de años, ahora se utiliza habitualmente para hacer productos que duran veinticinco años. No apreciamos la memoria de los objetos transitorios y de mala calidad, de modo que no los recordamos. Es decir, que no invertimos en ellos el respeto duradero y la admiración que hacen a la satisfacción.
El problema de nuestra insatisfacción con todo lo que usamos no es corregible dentro de los términos de la economía que produce esas cosas. En la actualidad, es prácticamente imposible para nosotros saber de la historia económica o el costo ecológico de los productos que compramos; los orígenes de los productos son típicamente demasiado distantes y demasiado dispersos y son demasiado complicados los procesos de comercialización, fabricación, transporte y marketing. Por otra parte, hay muchas razones para los proveedores industriales de estos productos de no querer que sus historias sean conocidas.
Cuando no hay ninguna contabilidad confiable y, por lo tanto, ningún conocimiento competente de los efectos económicos y ecológicos de nuestras vidas, no podemos vivir vidas que sean económica y ecológicamente responsables. Este es el problema que ha frustrado y en gran medida debilitado, el esfuerzo de los grupos de conservación americanos desde el principio. Es en última instancia inútil abogar y protestar y hacer lobby a favor de la responsabilidad ecológica pública mientras que, en prácticamente cada acto de nuestras vidas privadas, respaldamos y apoyamos un sistema económico que es por su intención y tal vez por necesidad, ecológicamente irresponsable.
Si la economía industrial no es corregible dentro o en sus propios términos, entonces obviamente lo que se requiere para la corrección es una idea económica compensatoria. Y la debilidad más significativa del movimiento de conservación es su incapacidad para producir o adoptar una idea económica capaz de corregir la idea económica de los industrialistas. En algún lugar cerca del corazón de los esfuerzos de conservación que conocemos está la hipótesis romántica que, si nos hemos alienado de la naturaleza, nosotros podemos ser des-alienarnos haciendo de la naturaleza, un objeto de contemplación o de arte, ignorando el hecho de que vivimos necesariamente en y de la naturaleza, ignorando, en otras palabras, todos los temas económicos que están involucrados. Walt Whitman podía decir, "Creo que podría volverme y vivir con los animales" como si él no supiese que, de hecho, vivimos con los animales, y que los términos de nuestra relación con ellos se establecen ineludiblemente por el uso económico que hacemos de su mundo y de nuestro mundo. Mientras vivimos, vamos a estar viviendo con alondras, ruiseñores, narcisos, aves acuáticas, arroyos, bosques, montañas y todas las otras criaturas que artistas y poetas románticos han anhelado. Y por la manera en que vivimos nosotros determinaremos si esas criaturas vivirán.
Que este romanticismo de la naturaleza del siglo XIX haga caso omiso de los hechos y las relaciones económicas no le ha impedido fijar el orden del día para grupos de conservación modernos. Este programa rara vez ha incluido la economía de uso del suelo, sin el cual el esfuerzo de conservación se vuelve casi inevitablemente amplio en sentimiento, pero corto en practicidad. El resultado es que cuando los conservacionistas tratan de ser prácticos es posible que defiendan el "uso sostenible de los recursos naturales" con el argumento de que esto hará que la economía industrial sea sostenible. Otra consecuencia más, es que cuanto más tiempo dure la economía industrial en su forma actual, más quedará demostrada su imposibilidad definitiva: todos los seres humanos en el mundo no pueden, ahora o nunca, poseer el catálogo completo de productos industriales de mala calidad y alto requerimiento energético, que no pueden ser fabricados o usados sustentablemente. Por otra parte, cuanto más tiempo dure la economía industrial, más distante se encontrará la posibilidad de una mejor economía.
El esfuerzo de conservación por lo menos ha puesto bajo sospecha el relativismo general de nuestra época. Cualquiera que ha estudiado con cuidado los temas de conservación sabe que nuestros actos se miden por un estándar real, absoluto y firme que no fue inventado por algún ser humano. Nuestros actos que no están en armonía con la naturaleza son inevitable y a veces irremediablemente destructivos. La norma existe. Pero no teniendo ninguna idea opositora económica, los conservacionistas han tenido gran dificultad en aplicar la norma.
¿Cuál es entonces, la idea opositora por la cual podríamos corregir la idea industrial? No tendremos que buscar mucho para encontrarla, ya que hay sólo una y esa es agrarismo. Nuestra mayor dificultad (y peligro) será intentar ocuparse de Agrarismo como "idea" – El Agrarismo es sobre todo una práctica, un conjunto de actitudes, una lealtad y una pasión; es una idea sólo en un sentido secundario. Para utilizar simplemente el ejemplo más a la mano: fui criado por agraristas, mi punto de vista de mi niñez más temprana y sesgo fueron agrarios y sin embargo nunca oí el término Agrarismo definido o incluso sólo nombrarlo, hasta que fui un estudiante de segundo año en la Universidad. Soy muy consciente del peligro en la definir las cosas, pero si voy a hablar del Agrarismo, voy a tener que definirlo. La definición que sigue se deriva de escritores agrarios, antiguos y modernos y de los agrarios iletrados y a veces analfabetos que han sido mis maestros.
La diferencia fundamental entre industrialismo y Agrarismo es esta: mientras que el industrialismo es una forma de pensamiento basado en tecnología y capital monetario, Agrarismo es una forma de pensamiento basado en la tierra.
Agrarismo, además, es una cultura al mismo tiempo que es una economía. Industrialismo es una economía antes de que ser una cultura. La cultura industrial es un subproducto accidental de los esfuerzos ubicuos para vender productos innecesarios para más de lo que valen.
Una economía agraria se construye a partir de los campos, bosques y arroyos, desde el complejo de suelos, pendientes, climas, conexiones, influencias y los intercambios que queremos expresar cuando hablamos, por ejemplo de la comunidad local o de la cuenca local. La mente agraria, por tanto, no es regional o nacional, y mucho menos global, sino local. Debe conocer en términos íntimos las plantas y animales locales y los suelos locales; debemos conocer las posibilidades locales e imposibilidades, oportunidades y riesgos. Al Agrarismo depende e insiste en conocer historias locales muy particulares y biografías.
Porque una mente así orientada tiene la necesidad de realizar un buen trabajo, la mente agraria está menos interesada en cantidades abstractas que en cualidades particulares. Se siente amenazada y asqueada cuando oye que se habla de la gente y las criaturas y los lugares, como de mano de obra, administración, capital y materias primas. No se impresiona por el imaginario industrial del producto bruto interno, las cifras de ventas y los dólares obtenidos por las gigantescas corporaciones. Está interesada y siempre se fascina con preguntas que conduzcan hacia la realización de un buen trabajo: ¿Cuál es la mejor ubicación para un granero, o una cerca? ¿Cuál es la mejor manera de arar este campo? ¿Cuál es el mejor curso para un camino de arrastre en este bosque? ¿Debe este árbol ser cortado o dejado? ¿Cuáles son las mejores razas y tipos de ganado para esta granja? -- preguntas que no pueden ser contestadas en abstracto, y que anhelan no la cantidad sino la elegancia. El Agrarismo nunca puede ser abstracto ya que tiene que ser practicado para existir.
Y aunque esta mente es local, casi absolutamente ubicada, poco atraída hacia la movilidad ascendente o lateral, no es provinciana; está muy fascinada por su trabajo para sentirse inferior a cualquier otra mente, en cualquier otro lugar.
Una economía agraria siempre es una economía de subsistencia, antes de ser una economía de mercado. El centro de una explotación agraria es el hogar. La función de la economía del hogar es asegurar que la vida de la familia de la granja, viva de la granja de la medida de lo posible. Es la parte de subsistencia de la economía agraria, la que asegura su estabilidad y su supervivencia. Una economía de subsistencia es de forma necesaria, altamente diversificada, y típicamente incluye la caza y la recolección así como la agricultura y la horticultura. Estas actividades unen a las personas a su paisaje local por medio de complejos intereses y lazos económicos cercanos. La economía industrial aliena a la gente del paisaje nativo precisamente por romper estos lazos prácticos, directos y por introducir dependencias lejanas.
Las personas agrarias del presente, sabiendo que la tierra debe ser bien cuidada si se desea que algo sea duradero, entiende la necesidad de una conexión establecida, no sólo entre los agricultores y sus granjas, pero también entre la gente urbana y sus paisajes circundantes y tributarios. Porque el conocimiento y el know-how del buen cuidado, debe ser transmitido a los niños; los agraristas reconocen la necesidad de preservar la coherencia de las familias y las comunidades.
La estabilidad, coherencia y la longevidad de la ocupación humana requieren que la tierra deba ser dividida entre muchos propietarios y usuarios. La figura central del pensamiento agrario ha sido invariablemente el propietario pequeño que mantiene una cierta autodeterminación económica en una superficie de tierra pequeña. La escala y la independencia de estos terrenos implican dos cosas que agrarios consideran deseables: el íntimo cuidado en el uso de la tierra y la democracia política que se erige sobre el fundamento indispensable de la democracia económica.
Una característica importante de la mente agraria es un anhelo de independencia, es decir, para obtener un grado adecuado de autonomía personal y local. Los agraristas desean ganar y merecer lo que tienen. No desean vivir por piratería, mendicidad, caridad o suerte.
En el registro escrito de Agrarismo, hay una afirmación constante recurrente de la naturaleza como el juez final, legislador y creador de modelos (patrones) de y para el uso humano de la tierra. Podemos rastrear el linaje de este pensamiento en occidente a través de los escritos de Virgilio, Shakespeare, Spenser, Pope, Jefferson y en el trabajo de los agricultores del siglo XX y los científicos J. Russell Smith, Liberty Hyde Bailey, Albert Howard, Wes Jackson, John Todd y otros. La idea es diversamente citada como: no debemos trabajar hasta que nos hemos mirado y visto donde estamos; debemos honrar la naturaleza no sólo como nuestra madre o abuela, pero como nuestra maestra y juez; debemos "dejar que el bosque juzgue"; debemos "consultar el genio del lugar"; debemos hacer la agricultura adaptada a la finca; debemos llevar al campo de cultivo, la diversidad y la coherencia del bosque nativo o de pradera. Y este modo de pensar seguramente se alió al de los eruditos medievales y arquitectos que vieron la construcción de una catedral como un símbolo o un análogo de la creación del mundo. La mente agraria es, en el fondo, una mente religiosa. Se suscribe a la doctrina de Allen Tate de "el caballo entero." Prefiere la creación misma a los poderes y las cantidades a que esta pueda reducirse. Y esto es una mente totalmente diferente a la que ve criaturas como máquinas, mentes como las computadoras, la fertilidad del suelo como química o Agrarismo como una idea. John Haines ha escrito que "la tarea eterna del artista y el poeta, el historiador y el erudito... es encontrar los medios para conciliar lo que son dos historias separadas y sin embargo inseparables, la naturaleza y la cultura. En la medida en que podamos hacer esto, el 'mundo' tiene sentido para nosotros y puede ser vivido." Sólo añadiría que esto se aplica también para el agricultor, el silvicultor, el científico y otros.
La mente agraria comienza con el amor por la granja y se ramifica en buena agricultura, buena cocina, buen comer y gratitud a Dios. Exactamente análoga a la mente agraria es la mente silvícola que comienza por el amor por los bosques y se ramifica en la buena silvicultura, buena madera, buena carpintería y gratitud a Dios. Estos dos tipos de mente fácilmente se intersecan; pero ninguna se interseca con la mente industrial-económica. La mente económica industrial comienza con ingratitud y se ramifica en la destrucción de granjas y bosques. Las artes "humildes" y "serviles" de la granja y el bosque son dadas de hecho, o ignoradas por la cultura de las "Bellas Artes" y las religiones "Espirituales"; y son dadas de hecho, o ignoradas o despreciadas por los poderes de la economía industrial. Pero en realidad son de forma ineludible el basamento de la vida humana y de la cultura, y sus adeptos son capaces de profundas satisfacciones y logros tan elevados como cualquier otra persona.
Habiendo, por así decirlo, puesto al industrialismo y Agrarismo lado a lado, y habiendo implicado preferencia por el último, me veré enfrentado por dos preguntas que haré mejor en responder a continuación.
La primera es si el agrarismo es o no simplemente una "fase" que los humanos tuvimos que pasar y luego dejar atrás para llegar mediante los avances tecnológicos hacia una felicidad cada vez más mayor. La respuesta es que aunque el industrialismo ha conquistado y hasta casi ha destruido al Agrarismo, también es cierto que en cada uno de los usos del mundo natural el industrialismo está en un proceso de fracaso catastrófico. La industria está ahora desesperadamente cambiando -- por medio de ingeniería genética, el colonialismo global y otras artimañas, para prolongar su control de nuestras granjas y bosques, pero el fracaso, sin embargo, continúa. No es posible argumentar sensatamente a favor de la erosión del suelo, contaminación del agua, empobrecimiento genético y la destrucción de las comunidades rurales y las economías locales. El industrialismo, sin el contralor del afecto y la preocupación del Agrarismo, se convierte en monstruoso. Y esto es debido a una debilidad identificada por los doce sureños en “I’ll Take My Stand” en su "Declaración de principios": Bajo el comando del industrialismo "los remedios propuestos siempre son homeopáticos." Es decir que el industrialismo siempre propone corregir sus errores y excesos, mediante más industrialización.
La segunda pregunta es si al abrazar el renacimiento del movimiento agrario cometeremos el famoso pecado de "dar vuelta atrás el reloj." La respuesta, para los estadounidenses hoy en día, es bastante simple. El impulso primordial del Agrarismo es hacia la adaptación local de las economías y las culturas. La gente agraria desea adaptar el cultivo a la granja y la silvicultura al bosque. A veces y en algunos lugares, en los últimos tiempos hemos estado cerca de lograr este objetivo, y tenemos algunos ejemplos vivientes, pero es generalmente cierto que estamos mucho más lejos de la adaptación local ahora que hace cincuenta años. Nunca hemos logrado desarrollar economías basadas en la tierra, estables, sostenibles y adaptadas localmente. Las buenas empresas rurales y las comunidades que encontramos en nuestro pasado han estado casi constantemente bajo la amenaza del colonialismo, primero el extranjero, luego el doméstico, y ahora el “global” que hasta ahora ha dominado nuestra historia y que ha sido institucionalizado durante mucho tiempo en la economía industrial. La posibilidad de un país auténticamente establecido todavía se encuentra por delante de nosotros.
Si queremos mirar hacia adelante, vamos a ver no sólo en los Estados Unidos sino en el mundo, dos programas económicos que se ajustan casi exactamente a los objetivos de industrialismo y Agrarismo como les he descrito.
El primero es el intento de globalizar la economía industrial, no sólo por los programas expansionistas de las corporaciones supranacionales por sí mismos, pero también por medio de acuerdos de comercio internacional auspiciados por los gobiernos, el más prominente de los cuales es el Acuerdo de la Organización Mundial del Comercio, que institucionaliza la ambición industrial a utilizar, vender o destruir cada hectárea y cada criatura del mundo.
La Organización Mundial del Comercio desmiente el odio que profesan los industriales conservadores al gran gobierno. La causa del gran gobierno, después de todo, es un gran negocio. El poder de hacer daños a gran escala, que con gusto asumen todas las empresas industriales a gran escala, exige natural y lógicamente la reglamentación gubernamental, la que por supuesto las empresas se oponen. Pero también tenemos mucha evidencia de que los líderes de las grandes empresas desean y promueven activamente el gran gobierno. Ellos y sus aliados políticos, mientras trabajan ostensiblemente para "reducir el tamaño" del gobierno, continúan promoviendo las ayudas del gobierno y los "incentivos" a las grandes corporaciones; y, sin importar cuán absurdamente, se adhieren a su idea de que un gobierno pequeño, que grava solo a los trabajadores, puede mantener un gran sistema de carreteras, un gran establecimiento militar, un gran programa espacial y grandes contratos con el gobierno.
Pero la evidencia más dañina es la propia Organización Mundial del Comercio, que en realidad es un gobierno global, con poder para hacer cumplir las decisiones del colectivo contra las leyes nacionales que entran en conflicto con él. La llegada de la Organización Mundial del Comercio fue anunciada hace setenta años en la "Declaración de principios" de I'll Take My Stand, que decía que "los verdaderos soviéticos o comunistas... son los propios industriales". Harían que el gobierno estableciera una superorganización económica, que a su vez se convertiría en el gobierno. "Los agraristas de I'll Take My Stand no previeron esto porque eran adivinos, sino porque habían percibido con precisión el carácter y motivo de la economía industrial.
El segundo programa, en contraste con el primero, se compone de muchos pequeños esfuerzos para preservar o mejorar o establecer economías locales. Estos esfuerzos por parte de los conservadores no industriales o agrarios, patriotas locales, tienen lugar en países ricos y pobres de todo el mundo.
Mientras que los patrocinadores corporativos de la Organización Mundial del Comercio, para promover sus ambiciones, han requerido solo el glamour brumoso de frases como "la economía global", "el contexto global" y la "globalización", los economistas locales usan un vocabulario mucho más diverso y particular que puede pensarse con: "comunidad", "ecosistema", "cuenca", "lugar", "hogar ", "familia", "doméstico".
Y mientras que los economistas globales abogan por una gobierno-mundial-mediante-una-burocracia-económica, que destruiría la adaptación local en todas partes ignorando la singularidad de cada lugar, los economistas locales encontraron su trabajo en base al respeto por tal singularidad. Los lugares difieren entre sí, dicen los economistas locales, por lo tanto, debemos comportarnos con una consideración única en cada uno; la capacidad de ofrecer un respeto práctico apropiado y respeto a cada lugar diferenciados, es un tipo de libertad; la incapacidad de hacerlo es una especie de tiranía. Los economistas globales son los grandes centralizadores de nuestro tiempo. Los economistas locales, que hasta ahora no han contado con el apoyo de ningún político prominente, son los verdaderos descentralizadores y reduccionistas, ya que buscan un grado apropiado de autodeterminación e independencia para las localidades. Parecen avanzar hacia una revisión radical y necesaria de nuestra idea de ciudad. Están aprendiendo a ver la ciudad, no solo como un municipio construido y pavimentado separado por los "límites de la ciudad" para vivir del comercio y el transporte del mundo en general, sino como parte de una comunidad local que incluye también las zonas rurales vecinas de la ciudad, su paisaje circundante y su cuenca hidrográfica, de la cual podría depender al menos para algunas de sus necesidades, y para la salud sobre la cual podría ejercer un competente cuidado y responsabilidad.
En este punto, quiero decir claramente lo que espero que ya esté claro: aunque el agrarismo propone que todos tengan responsabilidades agrarias, no propone que todos sean agricultores o que no necesitemos ciudades. Tampoco propone que cada producto sea una necesidad. Además, cualquier economía humana pensable tendría que otorgar a la fabricación un lugar apropiado y honorable. Los agrarios insistirían únicamente en que cualquier empresa de fabricación debería formarse y ampliarse para adaptarse al paisaje local, el ecosistema local y la comunidad local, y que debería ser de propiedad local y emplear a la población local. Insistirían, en otras palabras, que el dueño de la tienda o de la fábrica no debería ser un extraño, sino más bien un participante en el destino del lugar y su comunidad. Los decisores deberían tener que vivir con los resultados de sus decisiones.
Entre estos dos programas, el industrial y el agrario, el global y el local, la diferencia más crítica es la del conocimiento. La economía global institucionaliza una ignorancia global, en la que los productores y los consumidores no pueden conocerse ni preocuparse unos de otros, y en la que se perderán las historias de todos los productos. En tal circunstancia, la degradación de productos y lugares, productores y consumidores es inevitable.
Pero en una economía local sana, en la que los productores y los consumidores son vecinos, la naturaleza se convertirá en el estándar de trabajo y producción. Los consumidores que entienden su economía no tolerarán la destrucción del suelo local o ecosistema o cuenca hidrográfica como un costo de producción. Solo una economía local saludable puede mantener la naturaleza y trabajar juntos en la conciencia de la comunidad. Solo esa comunidad puede restaurar la historia a la economía.
No me sorprenderá que me digan que he presentado una línea de pensamiento que es atractiva pero sin esperanza. Varios críticos me han aconsejado sobre esto, bienintencionadamente, como si hubiera escrito sobre mis esperanzas durante cuarenta años sin pensar en la desesperanza. La esperanza, por supuesto, siempre va acompañada del miedo a la desesperanza, que es un temor legítimo.
Entonces, me gustaría concluir confrontando directamente el tema de la esperanza. Mi esperanza se ve seriamente cuestionada por el hecho de la decadencia o pérdida. Las cosas que he tratado de defender son menos numerosas y están peor ahora que cuando comencé, pero en esto solo soy como todos los demás conservacionistas. Todos nosotros hemos estado librando una batalla que, en promedio, estamos perdiendo, y dudo que haya algún uso al revisar las pruebas estadísticas. El punto, el único punto interesante, es que no hemos renunciado. La nuestra no es una pelea en la que te puedas quedar si consideras la victoria como un signo de triunfo o de pérdida como un signo de derrota. No hemos renunciado porque no estamos perdidos.
Mi propio objetivo no es la desesperanza. No estoy buscando razones para rendirme. Estoy buscando razones para seguir. Al delinear aquí las preocupaciones del agrarismo, he intentado mostrar cómo el esfuerzo de conservación podría ampliarse y fortalecerse.
Lo que los principios agrarios proponen implícitamente -- y lo que explícitamente propongo al defender esos principios en este momento -- es una revuelta de pequeños productores locales y consumidores locales contra el industrialismo global de las corporaciones. ¿Pienso que hay una esperanza de que tal revuelta pueda sobrevivir y tener éxito, y que pueda tener una influencia significativa en nuestras vidas y en nuestro mundo?
Si, lo hago. Y para ser lo más claro posible, permítanme decir lo que sé. Sé por amigos y vecinos y por mi propia familia que ahora es posible que los agricultores vendan a un precio más alto a los clientes locales productos tales como vegetales orgánicos, carne de res orgánica y cordero, y pollos criados en pasturas. Este mercado está siendo creado por la excepcional bondad y frescura de los alimentos, por el deseo de los consumidores urbanos de apoyar a sus vecinos agrícolas, y por los excesos y abusos de la industria alimentaria corporativa.
Este es el patrón de una revuelta económica que no solo es posible sino que está sucediendo. Está sucediendo por dos razones: en primer lugar, a medida que aumenta la escala de la agricultura industrial, también lo hace la escala de sus abusos, y es difícil ocultar los abusos a gran escala de los consumidores. Ahora es prácticamente imposible que los consumidores inteligentes ignoren la falta de corazón y maldad de las operaciones de confinamiento de animales y su uso excesivo de antibióticos, del uso de hormonas en la producción de carne y leche, de los hedores y contaminantes de las fábricas de cerdos y aves de corral, de el uso de productos químicos tóxicos y el desperdicio de la tierra y la salud del suelo en cultivos industriales en hileras, de las prácticas misteriosas o perturbadoras o amenazantes asociadas con el almacenamiento industrial de alimentos, la preservación y el procesamiento. En segundo lugar, a medida que las industrias alimentarias se centran cada vez más en gigantescas oportunidades globales, no pueden evitar ignorar las pequeñas oportunidades locales, como lo demuestra la proliferación de "agricultura respaldada por la comunidad", mercados de agricultores, tiendas naturistas, etc. De hecho, hay algunos mercados que, por definición, las grandes corporaciones no pueden suministrar. El mercado de los llamados alimentos orgánicos, por ejemplo, es realmente un mercado para alimentos buenos, frescos y confiables, alimentos de productores conocidos y de confianza por los consumidores, y tales alimentos no pueden ser producidos por una corporación global.
Pero la economía alimentaria es solo un ejemplo. También es posible pensar en buenas economías forestales locales. Y ante mucha negligencia, es posible pensar en las economías locales de pequeñas empresas, algunas de ellas relacionadas con las economías locales de las granjas y los bosques, respaldadas por bancos de propiedad local y orientados a la comunidad.
¿Qué tienen que ver estos esfuerzos de la economía local con la conservación tal como la conocemos? La respuesta, creo, es todo. El movimiento de conservación, como dije antes, tiene un programa de conservación; tiene un programa de preservación; tiene un programa de protección de la salud bastante esporádico; pero no tiene un programa económico, y como no tiene un programa económico, tiene el estatus de algo exterior a la vida diaria, sobreviviendo por emergencia, como un servicio de ambulancia. Al decir esto, no pretendo menospreciar la importancia de la protesta, el litigio, el cabildeo, la legislación, la organización a gran escala, en todos los cuales creo y apoyo. Simplemente digo que debemos hacer más. Debemos confrontar, en el terreno, y cada uno de nosotros en casa, los supuestos económicos en los que se originan los problemas de la conservación.
Debemos recordar que la gran destructividad de la era industrial proviene de una división, una especie de divorcio, en nuestra economía y, por lo tanto, en nuestra conciencia, entre la producción y el consumo. De esta división radical de funciones podemos decir, sin demasiado temor de simplificar en exceso, que el objetivo de los productores industriales es vender tanto como sea posible y que el objetivo de los consumidores industriales es comprar tanto como sea posible. Solo necesitamos agregar que el objetivo tanto del productor como del consumidor es estar lo más lejos posible sin preocupaciones. Debido a diversas presiones, los gobiernos han aprendido a obligar a los productores a que se preocupen por la salud y la solvencia de los consumidores. No se ha encontrado ninguna forma de forzar a los consumidores a tener en cuenta los métodos y las fuentes de producción.
Lo que alerta a los consumidores sobre los ultrajes de los productores suele ser algún tipo de pérdida o amenaza de pérdida. Vemos que al dividir el consumo de la producción, hemos perdido la función de conservar. La conservación ya no es una parte integral de la economía del productor o del consumidor. Ni el productor ni el consumidor dicen más: "Debo tener cuidado con esto para que dure". La suposición de trabajo de ambos es que cuando hay algo, debe haber más. Si no pueden obtener lo que necesitan en un lugar, lo encontrarán en otro. Es por eso que la conservación es ahora una preocupación separada y un esfuerzo separado.
Pero la experiencia parece cada vez más sacarnos de las categorías de productor y consumidor y en las categorías de ciudadano, miembro de la familia y miembro de la comunidad, en todos los cuales tenemos un interés ineludible en hacer que las cosas duren. Y aquí es donde creo que el movimiento de conservación (me refiero a ese movimiento que se ha definido a sí mismo como el defensor de la naturaleza y el mundo natural) puede involucrarse en los problemas fundamentales de la economía y el uso de la tierra, y en el proceso ganar fuerza para su causa original.
Me gustaría que mis compañeros conservacionistas se den cuenta de cuántas personas y organizaciones están trabajando para salvar algo valioso, no solo lugares silvestres, ríos salvajes, hábitat de vida silvestre, diversidad de especies, calidad del agua y calidad del aire, sino también tierras agrícolas, familias granjas y ranchos, comunidades, niños y niñez, escuelas locales, economías locales, mercados locales de alimentos, razas de ganado y variedades de plantas domésticas, finos edificios antiguos, carreteras panorámicas, etc. Me gustaría que mis compañeros conservacionistas comprendan también que apenas hay una pequeña granja o rancho o restaurante, tienda o negocio de propiedad local en cualquier lugar que no esté luchando para conservarse.
Todas estas personas, que luchan a veces en luchas solitarias para mantener cosas de valor que no pueden soportar perder, son aliados naturales del movimiento conservacionista. La mayoría de ellos tienen los mismos enemigos que el movimiento de conservación. No hay conflicto necesario entre ellos. Pensando en ellos, en su gran variedad, en la semejanza esencial de sus motivos y preocupaciones, uno piensa en la posibilidad de una comunidad definida de interés entre todos ellos, una administración compartida de toda la diversidad de cosas buenas que se necesitan para la salud y abundancia del mundo.
No creo que esto sea fácil, dado especialmente la historia de conflicto entre los conservacionistas y los usuarios de la tierra. Solo supongo que es necesario. Los conservacionistas no pueden conservar todo lo que se necesita conservar sin unirse al esfuerzo de usar bien las tierras agrícolas, los bosques y las aguas que debemos usar. Aumentar las áreas protegidas contra el uso sin aumentar al mismo tiempo las áreas de buen uso es un error. No tener una gran área de bosque antiguo protegido sería una locura, como la mayoría de nosotros estaría de acuerdo. Pero también es una locura haber llegado tan lejos en nuestra historia sin un solo modelo de trabajo de una economía forestal local completamente diversificada e integrada, ecológicamente sólida. Que tal economía es posible está indicado por muchos ejemplos imperfectos o incompletos, pero necesitamos juntar desesperadamente las piezas en un solo lugar, y luego en cada lugar.
El conflicto más trágico en la historia de la conservación es el que existe entre los conservacionistas y los agricultores y ganaderos. Es trágico porque es innecesario. Aquí no hay conflictos irresolubles, pero el conflicto que existe solo puede resolverse sobre la base de una comprensión común de las buenas prácticas. Aquí también tenemos que fomentar y estudiar modelos de trabajo: granjas y ranchos que se esfuerzan sabiamente por alinear la práctica económica con la realidad ecológica y las economías alimentarias locales en las que los consumidores respaldan conscientemente la mejor administración de la tierra.
Sabemos mejor que esperar muy pronto un modelo funcional de una corporación global conservadora. Pero debemos comenzar a esperar, y debemos, como conservacionistas, comenzar a trabajar para, y en el funcionamiento de modelos de conservación de la naturaleza de las economías locales. Estos son posibles ahora. Las personas buenas y capaces están trabajando arduamente para desarrollarlas ahora. Necesitan el apoyo total del movimiento de conservación ahora. Los conservacionistas deben acudir a estas personas, preguntar qué pueden hacer para ayudar y luego ayudar. Un poco más tarde, después de haber ayudado, a su vez pueden pedir ayuda.

(1996)

Nota del editor / traductor:
El ensayo comienza con una cita de “I’ll Take My Stand” y luego se hacen varias referencias a la misma. Esta es una publicación colectiva, casi un manifiesto, escrito por 12 escritores del Sur de los Estados Unidos en 1930, donde se expresan las bases del agrarismo, a la vez que se hace una crítica al Industrialismo.

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A continuación la versión en inglés


The Whole Horse

This modern mind sees only half of the horse -- that half which may become a dynamo, or an automobile, or any other horse-powered machine. If this mind had much respect for the full-dimensioned, grass-eating horse, it would never have invented the engine which represents only half of him. The religious mind, on the other hand, has this respect; it wants the whole horse, and it will be satisfied with nothing less. I should say a religious mind that requires more than a half-religion.
                                                            Allen Tate,
“Remarks on the Southern Religion,” in I’ll Take My Stand

One of the primary results -- and one of the primary needs -- of industrialism is the separation of people and places and products from their histories. To the extent that we participate in the industrial economy, we do not know the histories of our meals or of our habitats or of our families. This is an economy, and in fact a culture, of the one-night stand. “I had a good time,” says the industrial lover, “but don’t ask me my last name.” Just so, the industrial eater says to the svelte industrial hog, “We’ll be together at breakfast. I don’t want to see you before then, and I won’t care to remember you afterwards.”
In this condition, we have many commodities, but little satisfaction, little sense of the sufficiency of anything. The scarcity of satisfaction makes of our many commodities, in fact, an infinite series of commodities, the new commodities invariably promising greater satisfaction than the older ones. And so we can say that the industrial economy’s most-marketed commodity is satisfaction, and that this commodity, which is repeatedly promised, bought, and paid for, is never delivered. On the other hand, people who have much satisfaction do not need many commodities.
The persistent want of satisfaction is directly and complexly related to the dissociation of ourselves and all our goods from our and their histories. If things do not last, are not made to last, they can have no histories, and we who use these things can have no memories. We buy new stuff on the promise of satisfaction because we have forgot the promised satisfaction for which we bought our old stuff. One of the procedures of the industrial economy is to reduce the longevity of materials. For example, wood, which well made into buildings and furniture and well cared for can last hundreds of years, is now routinely manufactured into products that last twenty-five years. We do not cherish the memory of shoddy and transitory objects, and so we do not remember them. That is to say that we do not invest in them the lasting respect and admiration that make for satisfaction.
The problem of our dissatisfaction with all the things that we use is not correctable within the terms of the economy that produces those things. At present, it is virtually impossible for us to know the economic history or the ecological cost of the products we buy; the origins of the products are typically too distant and too scattered and the processes of trade, manufacture, transportation, and marketing too complicated. There are, moreover, too many reasons for the industrial suppliers of these products not to want their histories to be known.
When there is no reliable accounting and therefore no competent knowledge of the economic and ecological effects of our lives, we cannot live lives that are economically and ecologically responsible. This is the problem that has frustrated, and to a considerable extent undermined, the American conservation effort from the beginning. It is ultimately futile to plead and protest and lobby in favor of public ecological responsibility while, in virtually every act of our private lives, we endorse and support an economic system that is by intention, and perhaps by necessity, ecologically irresponsible.
If the industrial economy is not correctable within or by its own terms, then obviously what is required for correction is a countervailing economic idea. And the most significant weakness of the conservation movement is its failure to produce or espouse an economic idea capable of correcting the economic idea of the industrialists. Somewhere near the heart of the conservation effort as we have known it is the romantic assumption that, if we have become alienated from nature, we can become unalienated by making nature the subject of contemplation or art, ignoring the fact that we live necessarily in and from nature -- ignoring, in other words, all the economic issues that are involved. Walt Whitman could say, “I think I could turn and live with animals” as if he did not know that, in fact, we do live with animals, and that the terms of our relation to them are inescapably established by our economic use of their and our world. So long as we live, we are going to be living with skylarks, nightingales, daffodils, waterfowl, streams, forests, mountains, and all the other creatures that romantic poets and artists have yearned toward. And by the way we live we will determine whether or not those creatures will live.
That this nature-romanticism of the nineteenth century ignores economic facts and relationships has not prevented it from setting the agenda for modern conservation groups. This agenda has rarely included the economics of land use, without which the conservation effort becomes almost inevitably long on sentiment and short on practicality. The giveaway is that when conservationists try to be practical they are likely to defend the “sustainable use of natural resources” with the argument that this will make the industrial economy sustainable. A further giveaway is that the longer the industrial economy lasts in its present form, the further it will demonstrate its ultimate impossibility: Every human in the world cannot, now or ever, own the whole catalogue of shoddy, high-energy industrial products, which cannot be sustainably made or used. Moreover, the longer the industrial economy lasts, the more it will eat away the possibility of a better economy.
The conservation effort has at least brought under suspicion the general relativism of our age. Anybody who has studied with care the issues of conservation knows that our acts are being measured by a real, absolute, and unyielding standard that was invented by no human. Our acts that are not in harmony with nature are inevitably and sometimes irremediably destructive. The standard exists. But having no opposing economic idea, conservationists have had great difficulty in applying the standard.
What, then, is the countervailing idea by which we might correct the industrial idea? We will not have to look hard to find it, for there is only one, and that is agrarianism. Our major difficulty (and danger) will be in attempting to deal with agrarianism as “an idea” -- agrarianism is primarily a practice, a set of attitudes, a loyalty, and a passion; it is an idea only secondarily and at a remove. To use merely the handiest example: I was raised by agrarians, my bias and point of view from my earliest childhood were agrarian, and yet I never heard agrarianism defined, or even so much as named, until I was a sophomore in college. I am well aware of the danger in defining things, but if I am going to talk about agrarianism, I am going to have to define it. The definition that follows is derived both from agrarian writers, ancient and modern, and from the unliterary and sometimes illiterate agrarians who have been my teachers.
The fundamental difference between industrialism and agrarianism is this: Whereas industrialism is a way of thought based on monetary capital and technology, agrarianism is a way of thought based on land.
Agrarianism, furthermore, is a culture at the same time that it is an economy. Industrialism is an economy before it is a culture. Industrial culture is an accidental by-product of the ubiquitous effort to sell unnecessary products for more than they are worth.
An agrarian economy rises up from the fields, woods, and streams -- from the complex of soils, slopes, weathers, connections, influences, and exchanges that we mean when we speak, for example, of the local community or the local watershed. The agrarian mind is therefore not regional or national, let alone global, but local. It must know on intimate terms the local plants and animals and local soils; it must know local possibilities and impossibilities, opportunities and hazards. It depends and insists on knowing very particular local histories and biographies.
Because a mind so placed meets again and again the necessity for work to be good, the agrarian mind is less interested in abstract quantities than in particular qualities. It feels threatened and sickened when it hears people and creatures and places spoken of as labor, management, capital, and raw material. It is not at all impressed by the industrial legendry of gross national products, or of the numbers sold and dollars earned by gigantic corporations. It is interested -- and forever fascinated -- by questions leading toward the accomplishment of good work: What is the best location for a particular building or fence? What is the best way to plow this field? What is the best course for a skid road in this woodland? Should this tree be cut or spared? What are the best breeds and types of livestock for this farm? -- questions which cannot be answered in the abstract, and which yearn not toward quantity but toward elegance. Agrarianism can never become abstract because it has to be practiced in order to exist.
And though this mind is local, almost absolutely placed, little attracted to mobility either upward or lateral, it is not provincial; it is too taken up and fascinated by its work to feel inferior to any other mind in any other place.
An agrarian economy is always a subsistence economy before it is a market economy. The center of an agrarian farm is the household. The function of the household economy is to assure that the farm family lives from the farm so far as possible. It is the subsistence part of the agrarian economy that assures its stability and its survival. A subsistence economy necessarily is highly diversified, and it characteristically has involved hunting and gathering as well as farming and gardening. These activities bind people to their local landscape by close, complex interests and economic ties. The industrial economy alienates people from the native landscape precisely by breaking these direct practical ties and introducing distant dependences.
Agrarian people of the present, knowing that the land must be well cared for if anything is to last, understand the need for a settled connection, not just between farmers and their farms, but between urban people and their surrounding and tributary landscapes. Because the knowledge and know-how of good caretaking must be handed down to children, agrarians recognize the necessity of preserving the coherence of families and communities.
The stability, coherence, and longevity of human occupation require that the land should be divided among many owners and users. The central figure of agrarian thought has invariably been the small owner or smallholder who maintains a significant measure of economic self-determination on a small acreage. The scale and independence of such holdings imply two things that agrarians see as desirable: intimate care in the use of the land, and political democracy resting upon the indispensable foundation of economic democracy.
A major characteristic of the agrarian mind is a longing for independence -- that is, for an appropriate degree of personal and local self-sufficiency. Agrarians wish to earn and deserve what they have. They do not wish to live by piracy, beggary, charity, or luck.
In the written record of agrarianism, there is a continually recurring affirmation of nature as the final judge, lawgiver, and pattern-maker of and for the human use of the earth. We can trace the lineage of this thought in the West through the writings of Virgil, Spenser, Shakespeare, Pope, Jefferson, and on into the work of the twentieth-century agriculturists and scientists J. Russell Smith, Liberty Hyde Bailey, Albert Howard, Wes Jackson, John Todd, and others. The idea is variously stated: We should not work until we have looked and seen where we are; we should honor Nature not only as our mother or grandmother, but as our teacher and judge; we should “let the forest judge”; we should “consult the Genius of the Place”; we should make the farming fit the farm; we should carry over into the cultivated field the diversity and coherence of the native forest or prairie. And this way of thinking is surely allied to that of the medieval scholars and architects who saw the building of a cathedral as a symbol or analogue of the creation of the world. The agrarian mind is, at bottom, a religious mind. It subscribes to Allen Tate’s doctrine of “the whole horse.” It prefers the Creation itself to the powers and quantities to which it can be reduced. And this is a mind completely different from that which sees creatures as machines, minds as computers, soil fertility as chemistry, or agrarianism as an idea. John Haines has written that “the eternal task of the artist and the poet, the historian and the scholar ... is to find the means to reconcile what are two separate and yet inseparable histories, Nature and Culture. To the extent that we can do this, the ‘world’ makes sense to us and can be lived in.” I would add only that this applies also to the farmer, the forester, the scientist, and others.
The agrarian mind begins with the love of fields and ramifies in good farming, good cooking, good eating, and gratitude to God. Exactly analogous to the agrarian mind is the sylvan mind that begins with the love of forests and ramifies in good forestry, good woodworking, good carpentry, and gratitude to God. These two kinds of mind readily intersect; neither ever intersects with the industrial-economic mind. The industrial-economic mind begins with ingratitude, and ramifies in the destruction of farms and forests. The “lowly” and “menial” arts of farm and forest are mostly taken for granted or ignored by the culture of the “fine arts” and by “spiritual” religions; they are taken for granted or ignored or held in contempt by the powers of the industrial economy. But in fact they are inescapably the foundation of human life and culture, and their adepts are capable of as deep satisfactions and as high attainments as anybody else.
Having, so to speak, laid industrialism and agrarianism side by side, implying a preference for the latter, I will be confronted by two questions that I had better go ahead and answer.
The first is whether or not agrarianism is simply a “phase” that we humans had to go through and then leave behind in order to get onto the track of technological progress toward ever greater happiness. The answer is that although industrialism has certainly conquered agrarianism, and has very nearly destroyed it altogether, it is also true that in every one of its uses of the natural world industrialism is in the process of catastrophic failure. Industry is now desperately shifting -- by means of genetic engineering, global colonialism, and other contrivances -- to prolong its control of our farms and forests, but the failure nonetheless continues. It is not possible to argue sanely in favor of soil erosion, water pollution, genetic impoverishment, and the destruction of rural communities and local economies. Industrialism, unchecked by the affections and concerns of agrarianism, becomes monstrous. And this is because of a weakness identified by the Twelve Southerners of I’ll Take My Stand in their “Statement of Principles”: Under the rule of industrialism “the remedies proposed ... are always homeopathic.” That is to say that industrialism always proposes to correct its errors and excesses by more industrialization.
The second question is whether or not by espousing the revival of agrarianism we will commit the famous sin of “turning back the clock.” The answer to that, for present-day North Americans, is fairly simple. The overriding impulse of agrarianism is toward the local adaptation of economies and cultures. Agrarian people wish to adapt the farming to the farm and the forestry to the forest. At times and in places we latter-day Americans have come close to accomplishing this goal, and we have a few surviving examples, but it is generally true that we are much further from local adaptation now than we were fifty years ago. We never yet have developed stable, sustainable, locally adapted land-based economies. The good rural enterprises and communities that we will find in our past have been almost constantly under threat from the colonialism, first foreign and then domestic, and now “global,” which has so far dominated our history, and which has been institutionalized for a long time in the industrial economy. The possibility of an authentically settled country still lies ahead of us.
If we wish to look ahead, we will see not only in the United States but in the world two economic programs that conform pretty exactly to the aims of industrialism and agrarianism as I have described them.
The first is the effort to globalize the industrial economy, not merely by the expansionist programs of supra-national corporations within themselves, but also by means of government-sponsored international trade agreements, the most prominent of which is the World Trade Organization Agreement, which institutionalizes the industrial ambition to use, sell, or destroy every acre and every creature of the world.
The World Trade Organization gives the lie to the industrialist conservatives’ professed abhorrence of big government. The cause of big government, after all, is big business. The power to do large-scale damage, which is gladly assumed by every large-scale industrial enterprise, calls naturally and logically for government regulation, which of course the corporations object to. But we have a good deal of evidence also that the leaders of big business actively desire and promote big government. They and their political allies, while ostensibly working to “downsize” government, continue to promote government helps and “incentives” to large corporations; and, however absurdly, they adhere to their notion that a small government, taxing only the working people, can maintain a big highway system, a big military establishment, a big space program, and big government contracts.
But the most damaging evidence is the World Trade Organization itself, which is in effect a global government, with power to enforce the decisions of the collective against national laws that conflict with it. The coming of the World Trade Organization was foretold seventy years ago in the “Statement of Principles” of I’ll Take My Stand, which said that “the true Sovietists or Communists ... are the industrialists themselves. They would have the government set up an economic super-organization, which in turn would become the government.” The agrarians of I’ll Take My Stand did not foresee this because they were fortune-tellers, but because they had perceived accurately the character and motive of the industrial economy.
The second program, counter to the first, is composed of many small efforts to preserve or improve or establish local economies. These efforts on the part of non-industrial or agrarian conservatives, local patriots, are taking place in countries both affluent and poor all over the world.
Whereas the corporate sponsors of the World Trade Organization, in order to promote their ambitions, have required only the hazy glamour of such phrases as “the global economy,” “the global context,” and “globalization,” the local economists use a much more diverse and particularizing vocabulary that you can actually think with: “community,” “ecosystem,” “watershed,” “place,” “homeland,” “family,” “household.”
And whereas the global economists advocate a world-government-by-economic-bureaucracy, which would destroy local adaptation everywhere by ignoring the uniqueness of every place, the local economists found their work upon respect for such uniqueness. Places differ from one another, the local economists say, therefore we must behave with unique consideration in each one; the ability to tender an appropriate practical regard and respect to each place in its difference is a kind of freedom; the inability to do so is a kind of tyranny. The global economists are the great centralizers of our time. The local economists, who have so far attracted the support of no prominent politician, are the true decentralizers and downsizers, for they seek an appropriate degree of self-determination and independence for localities. They seem to be moving toward a radical and necessary revision of our idea of a city. They are learning to see the city, not just as a built and paved municipality set apart by “city limits” to live by trade and transportation from the world at large, but rather as a part of a local community which includes also the city’s rural neighbors, its surrounding landscape and its watershed, on which it might depend for at least some of its necessities, and for the health of which it might exercise a competent concern and responsibility.
At this point, I want to say point blank what I hope is already clear: Though agrarianism proposes that everybody has agrarian responsibilities, it does not propose that everybody should be a farmer or that we do not need cities. Nor does it propose that every product should be a necessity. Furthermore, any thinkable human economy would have to grant to manufacturing an appropriate and honorable place. Agrarians would insist only that any manufacturing enterprise should be formed and scaled to fit the local landscape, the local ecosystem, and the local community, and that it should be locally owned and employ local people. They would insist, in other words, that the shop or factory owner should not be an outsider, but rather a sharer in the fate of the place and its community. The deciders should have to live with the results of their decisions.
Between these two programs -- the industrial and the agrarian, the global and the local -- the most critical difference is that of knowledge. The global economy institutionalizes a global ignorance, in which producers and consumers cannot know or care about one another, and in which the histories of all products will be lost. In such a circumstance, the degradation of products and places, producers and consumers is inevitable.
But in a sound local economy, in which producers and consumers are neighbors, nature will become the standard of work and production. Consumers who understand their economy will not tolerate the destruction of the local soil or ecosystem or watershed as a cost of production. Only a healthy local economy can keep nature and work together in the consciousness of the community. Only such a community can restore history to economics.
I will not be altogether surprised to be told that I have set forth here a line of thought that is attractive but hopeless. A number of critics have advised me of this, out of their charity, as if I might have written of my hopes for forty years without giving a thought to hopelessness. Hope, of course, is always accompanied by the fear of hopelessness, which is a legitimate fear.
And so I would like to conclude by confronting directly the issue of hope. My hope is most seriously challenged by the fact of decline, of loss. The things that I have tried to defend are less numerous and worse off now than when I started, but in this I am only like all other conservationists. All of us have been fighting a battle that on average we are losing, and I doubt that there is any use in reviewing the statistical proofs. The point -- the only interesting point -- is that we have not quit. Ours is not a fight that you can stay in very long if you look on victory as a sign of triumph or on loss as a sign of defeat. We have not quit because we are not hopeless.
My own aim is not hopelessness. I am not looking for reasons to give up. I am looking for reasons to keep on. In outlining here the concerns of agrarianism, I have intended to show how the effort of conservation could be enlarged and strengthened.
What agrarian principles implicitly propose -- and what I explicitly propose in advocating those principles at this time -- is a revolt of local small producers and local consumers against the global industrialism of the corporations. Do I think that there is a hope that such a revolt can survive and succeed, and that it can have a significant influence upon our lives and our world?
Yes, I do. And to be as plain as possible, let me just say what I know. I know from friends and neighbors and from my own family that it is now possible for farmers to sell at a premium to local customers such products as organic vegetables, organic beef and lamb, and pasture-raised chickens. This market is being made by the exceptional goodness and freshness of the food, by the wish of urban consumers to support their farming neighbors, and by the excesses and abuses of the corporate food industry.
This is the pattern of an economic revolt that is not only possible but is happening. It is happening for two reasons: First, as the scale of industrial agriculture increases, so does the scale of its abuses, and it is hard to hide large-scale abuses from consumers. It is virtually impossible now for intelligent consumers to be ignorant of the heartlessness and nastiness of animal confinement operations and their excessive use of antibiotics, of the use of hormones in meat and milk production, of the stenches and pollutants of pig and poultry factories, of the use of toxic chemicals and the waste of soil and soil health in industrial row-cropping, of the mysterious or disturbing or threatening practices associated with industrial food storage, preservation, and processing. Second, as the food industries focus more and more on gigantic global opportunities, they cannot help but overlook small local opportunities, as is made plain by the proliferation of “community-supported agriculture,” farmers markets, health food stores, and so on. In fact, there are some markets that the great corporations by definition cannot supply. The market for so-called organic food, for example, is really a market for good, fresh, trustworthy food, food from producers known and trusted by consumers, and such food cannot be produced by a global corporation.
But the food economy is only one example. It is also possible to think of good local forest economies. And in the face of much neglect, it is possible to think of local small business economies -- some of them related to the local economies of farm and forest -- supported by locally owned, community-oriented banks.
What do these efforts of local economy have to do with conservation as we know it? The answer, I believe, is everything. The conservation movement, as I said earlier, has a conservation program; it has a preservation program; it has a rather sporadic health-protection program; but it has no economic program, and because it has no economic program it has the status of something exterior to daily life, surviving by emergency, like an ambulance service. In saying this, I do not mean to belittle the importance of protest, litigation, lobbying, legislation, large-scale organization -- all of which I believe in and support. I am saying simply that we must do more. We must confront, on the ground, and each of us at home, the economic assumptions in which the problems of conservation originate.
We have got to remember that the great destructiveness of the industrial age comes from a division, a sort of divorce, in our economy, and therefore in our consciousness, between production and consumption. Of this radical division of functions we can say, without much fear of oversimplifying, that the aim of industrial producers is to sell as much as possible and that the aim of industrial consumers is to buy as much as possible. We need only to add that the aim of both producer and consumer is to be so far as possible carefree. Because of various pressures, governments have learned to coerce from producers some grudging concern for the health and solvency of consumers. No way has been found to coerce from consumers any consideration for the methods and sources of production.
What alerts consumers to the outrages of producers is typically some kind of loss or threat of loss. We see that in dividing consumption from production we have lost the function of conserving. Conserving is no longer an integral part of the economy of the producer or the consumer. Neither the producer nor the consumer any longer says, “I must be careful of this so that it will last.” The working assumption of both is that where there is some, there must be more. If they can’t get what they need in one place, they will find it in another. That is why conservation is now a separate concern and a separate effort.
But experience seems increasingly to be driving us out of the categories of producer and consumer and into the categories of citizen, family member, and community member, in all of which we have an inescapable interest in making things last. And here is where I think the conservation movement (I mean that movement that has defined itself as the defender of wilderness and the natural world) can involve itself in the fundamental issues of economy and land use, and in the process gain strength for its original causes.
I would like my fellow conservationists to notice how many people and organizations are now working to save something of value -- not just wilderness places, wild rivers, wildlife habitat, species diversity, water quality, and air quality, but also agricultural land, family farms and ranches, communities, children and childhood, local schools, local economies, local food markets, livestock breeds and domestic plant varieties, fine old buildings, scenic roads, and so on. I would like my fellow conservationists to understand also that there is hardly a small farm or ranch or locally owned restaurant or store or shop or business anywhere that is not struggling to conserve itself.
All of these people, who are fighting sometimes lonely battles to keep things of value that they cannot bear to lose, are the conservation movement’s natural allies. Most of them have the same enemies as the conservation movement. There is no necessary conflict among them. Thinking of them, in their great variety, in the essential likeness of their motives and concerns, one thinks of the possibility of a defined community of interest among them all, a shared stewardship of all the diversity of good things that are needed for the health and abundance of the world.
I don’t suppose that this will be easy, given especially the history of conflict between conservationists and land users. I only suppose that it is necessary. Conservationists can’t conserve everything that needs conserving without joining the effort to use well the agricultural lands, the forests, and the waters that we must use. To enlarge the areas protected from use without at the same time enlarging the areas of good use is a mistake. To have no large areas of protected old-growth forest would be folly, as most of us would agree. But it is also folly to have come this far in our history without a single working model of a thoroughly diversified and integrated, ecologically sound, local forest economy. That such an economy is possible is indicated by many imperfect or incomplete examples, but we need desperately to put the pieces together in one place -- and then in every place.
The most tragic conflict in the history of conservation is that between the conservationists and the farmers and ranchers. It is tragic because it is unnecessary. There is no irresolvable conflict here, but the conflict that exists can be resolved only on the basis of a common understanding of good practice. Here again we need to foster and study working models: farms and ranches that are knowledgeably striving to bring economic practice into line with ecological reality, and local food economies in which consumers conscientiously support the best land stewardship.
We know better than to expect very soon a working model of a conserving global corporation. But we must begin to expect -- and we must, as conservationists, begin working for, and in -- working models of nature-conserving local economies. These are possible now. Good and able people are working hard to develop them now. They need the full support of the conservation movement now. Conservationists need to go to these people, ask what they can do to help, and then help. A little later, having helped, they can in turn ask for help.
                                                            (1996)

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sábado, 11 de abril de 2015

Ecología - Diferencias entre ambientes templados y quebradizos (temperate and brittle)

Ecología - Diferencias entre ambientes templados y quebradizos (temperate and brittle)

"Allan Savory, a quien la historia reivindicará como uno de los más grandes ecólogos de todos los tiempos, ha identificado las diferencias entre los ambientes templados (o moderados) y los quebradizos (o secos). La línea que divide a ambos está cerca de los 560 mm de precipitación anual. La diferencia más importante entre ambos tipos de ambiente es la precipitación, pero hay otras diferencias igualmente profundas. Una es que en entornos quebradizos los suelos tienden a acumular minerales, mientras que en los templados el lixiviado de minerales es el factor limitante. La descomposición en los ambientes templados ocurre a nivel del suelo (los postes se pudren a ras del suelo, y se tumban); en entornos quebradizos la descomposición (en las plantas) ocurre en las puntas, donde la oxidación gradualmente baja por el tallo. Los pastos en entornos quebradizos tienden a formar manojos; y en entornos templados son de tipo rastrero."

Tomado de: Joel Salatin - "Folks, this ain’t Normal - A Farmer’s Advice for Happier Hens, Healthier People, and a Better World" (2011)

La traducción al español se mia.

"... Allan Savory, whom history will vindicate as one of the greatest ecologists of all time, has identified the differences between the temperate and brittle environments. The dividing line between the two is around twenty-two inches of rainfall. The most pronounced difference between the two ecologies is rainfall. But other differences are equally profound. One is that in brittle areas, soils tend to accumulate minerals, whereas in temperate areas, mineral leaching is an ongoing limiting factor. Decomposition in temperate areas occurs at the ground level (fenceposts rot at the soil line and fall over); in brittle areas, decomposition occurs out at the tip, where oxidation gradually works its way down the stem. Grasses in brittle environments tend to be bunch types; in temperate, they tend to be spreader types."

El libro completo, en inglés , se puede encontrar en:
http://gen.lib.rus.ec/book/index.php?md5=4e62f567d3b09ed492eb2a925067d4f9

Abril 11, 2015.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Lost in Translation

Esta es una frase hecha, en inglés para indicar que algo que formaba parte del original, ya no está en la traducción. La traducción literal de "lost in translation" sería "perdido durante la traducción".
¿Y qué es lo que se ha perdido en la traducción?
La página de Yahoo noticias en inglés (de EEUU) tiene, para muchas de las noticias, tres opciones: "Guardar", "Mas de esto" y "Menos de esto" como para formando un perfil de usuario (cookies mediante o login mediante). En tanto que la página de Yahoo noticias de Argentina tiene sólo dos opciones: "Guardar" y "Eliminar".
Diferencias culturales, sencillez, complejidad, llámenlo como quieran, pero los lectores en español tienen menos opciones que lo de habla inglesa.
lo pueden ver en:

sábado, 10 de mayo de 2014

Impresoras 3-D para construir viviendas

Impresoras 3-D para construir viviendas
Las modernísimas piezas que se elaboran con impresoras 3D para construir viviendas, resultan muy similares a las que algunas avispas utilizan para fabricar sus nidos desde hace millones de años.






domingo, 2 de marzo de 2014

La Ética de la Tierra (de Aldo Leopold (1887 - 1984)

La Ética de la Tierra (de Aldo Leopold (1887 - 1984)[1]
Cuando el semidiós Odiseo regresó de las guerras de Troya, colgó de una sola cuerda a una docena de jóvenes esclavas de su casa de quienes sospechaba que habían cometido faltas durante su ausencia. Este ahorcamiento no involucró ningún cuestionamiento de si era o no apropiado hacerlo. Las jóvenes eran de su propiedad, y la disposición de la propiedad era entonces, como lo sigue siendo ahora, un asunto de conveniencia sin considerar si es correcto o incorrecto.
Los conceptos de lo correcto y lo incorrecto no eran desconocidos en la Grecia de Odiseo: fíjense ustedes en la fidelidad de su esposa a través de los largos años antes que sus galeras de negras proas surcaran finalmente los oscuros mares para regresar a casa. La estructura ética de aquellos días incluía a las esposas, pero aún no abarcaba a los sirvientes. Durante los tres mil años que han transcurrido desde entonces, los criterios éticos se han extendido a muchos campos de la conducta, a la vez que han disminuido en aquellos campos que solo se juzgan por conveniencia.
La Secuencia Ética
Esta extensión de la ética, estudiada hasta ahora solamente por los filósofos, es en realidad un proceso en la evolución ecológica. Sus secuencias pueden ser descritas en términos ecológicos tanto como filosóficos. Una ética, en términos ecológicos, es una limitación a la libertad de acción en la lucha por la existencia. Una ética, en términos filosóficos, es una diferenciación de la conducta social de la antisocial. Estas son dos definiciones de una misma cosa. La cosa tiene su origen en la tendencia de los grupos o individuos interdependientes a desarrollar modos de cooperación. El ecólogo los llama simbiosis. La política y la economía son simbiosis avanzadas en las que la libre competencia original ha sido remplazada, en parte, por mecanismos cooperativos con un contenido ético.
La complejidad de mecanismos cooperativos ha aumentado con el crecimiento de la densidad de la población y de la eficacia de las herramientas. Era más sencillo, por ejemplo, definir los usos antisociales de palos y piedras en la época de los mastodontes, que los de las balas y los anuncios de propaganda en la era de los motores.
La primera ética se ocupó de la relación entre los individuos; el Decálogo de Moisés es un ejemplo. Las extensiones posteriores se han ocupado de la relación entre el individuo y la sociedad. La "regla de oro" trata de integrar al individuo a la sociedad; la democracia trata de integrar la organización social al individuo.
Hasta ahora no hay una ética que se ocupe de la relación del hombre con la tierra y con los animales y las plantas que crecen sobre ella. La tierra, como las jóvenes esclavas de Odiseo, se considera todavía como propiedad. La relación con la tierra sigue siendo estrictamente económica, conllevando privilegios pero no obligaciones.
La extensión de la ética a este tercer elemento del entorno humano es, si interpreto la evidencia correctamente, una posibilidad evolutiva y una necesidad ecológica. Es el tercer paso en una secuencia. Los primeros dos ya han sido dados. Algunos pensadores, desde los tiempos de Ezequiel e Isaías, han sostenido que el saqueo de la tierra no solo es inconveniente, sino equivocado. La sociedad, sin embargo, no ha confirmado todavía esta creencia. Considero al movimiento conservacionista actual como el embrión de dicha afirmación.
Una ética puede considerarse como un tipo de guía para enfrentar situaciones ecológicas tan nuevas o intrincadas o que involucren reacciones lejanas tales, que el camino conveniente para la sociedad no sea discernible para el individuo promedio. Los instintos animales constituyen, para el individuo, maneras de guiarse cuando enfrenta tales situaciones. Las éticas posiblemente son para el individuo una especie de instinto comunitario en vías de formación.
El Concepto de Comunidad
Todas las éticas que han evolucionado hasta este momento descansan sobre una sola premisa: que el individuo es un miembro de una comunidad cuyas partes son interdependientes. Sus instintos lo incitan a competir por su lugar en esa comunidad, pero su ética lo incita también a cooperar (tal vez para que pueda haber un lugar por el cual competir).
La ética de la tierra simplemente amplía los límites de la comunidad para incluir suelos, aguas, plantas y animales, o colectivamente: la tierra. Esto parece sencillo: ¿acaso no cantamos ya nuestro amor por, y nuestra obligación hacia la tierra de los libres y la casa de los valientes? Sí, pero ¿qué y a quién amamos? Ciertamente no al suelo, al que despreocupadamente mandamos río abajo. Ciertamente no a las aguas, a las que no otorgamos otra función que hacer girar turbinas, mantener a flote embarcaciones y llevarse las aguas de desecho. Ciertamente no a las plantas, de las que exterminamos comunidades enteras sin inmutarnos. Ciertamente no a los animales, de los cuales ya hemos exterminado muchas de las más grandes y más bellas especies. Una ética de la tierra no puede, por supuesto, evitar la alteración, el manejo y el uso de esos "recursos", pero sí afirma su derecho a su continua existencia y, por lo menos en ciertos lugares, a que su existencia continúe en un estado natural. En suma, una ética de la tierra cambia el papel del Homo sapiens: de conquistador de la comunidad de la tierra al de simple miembro y ciudadano de ella. Esto implica el respeto por sus compañeros-miembros y también el respeto por la comunidad como tal.
En la historia de la humanidad hemos aprendido (eso espero) que el papel de conquistador es a final de cuentas contraproducente. ¿Por qué? Porque en dicho papel está implícito que el conquistador sabe, ex cátedra, qué hace que una comunidad camine como reloj, qué y quién es valioso; qué y quién carece de valor en la vida comunitaria. Pero siempre resulta que el conquistador no sabe ni lo uno ni lo otro, y esta es la razón por la que sus conquistas finalmente se vienen abajo.
En la comunidad biótica existe una situación paralela. Abraham sabía exactamente para qué era la tierra: era para verter leche y miel gota a gota en la boca de Abraham. En la actualidad, la seguridad con la que consideramos este supuesto es inversa al nivel de nuestra educación.
El ciudadano común supone hoy que la ciencia sabe qué hace que la comunidad camine como reloj: el científico está igualmente seguro que no lo sabe. Él sabe que el mecanismo biótico es tan complejo que es posible que su funcionamiento nunca se llegue a comprender por completo.
Que el hombre es, de hecho, solo un miembro de un equipo biótico queda demostrado por una interpretación ecológica de la historia. Muchos acontecimientos históricos que hasta ahora se han explicado solo en términos de acciones humanas eran, en realidad, interacciones bióticas entre la gente y la tierra. Las características de la tierra determinaron los hechos tan poderosamente como lo hicieron las características de los hombres que vivían en ella.
Considérese, por ejemplo, la colonización del valle del Mississippi. En los años que siguieron a la Revolución había tres grupos compitiendo por su control: los pueblos nativos, los comerciantes franceses e ingleses y los pobladores norteamericanos. Los historiadores se preguntan qué hubiera pasado si los ingleses de Detroit hubieran puesto un poco más de peso del lado de los indígenas en la frágil balanza que decidió el resultado de la migración colonial hacia los cañaverales de Kentucky. Hoy debemos ponderar el hecho de que los cañaverales, cuando son sometidos a la particular mezcla de fuerzas representadas por la vaca, el arado, el fuego y el hacha del pionero, se convierten en esa hierba sedosa y azulada típica del estado de Kentucky. ¿Qué hubiera pasado si la sucesión vegetal inherente a esta oscura y sangrienta tierra nos hubiera dado, bajo el impacto de estas fuerzas, zarzas, arbustos espinosos o malezas inservibles? ¿Se habrían quedado allí Boone y Kenton? ¿Habría habido tanto flujo migratorio hacia Ohio, Indiana, Illinois y Missouri? ¿Se habría realizado la compra de Louisiana o habría habido unión transcontinental de los nuevos estados? ¿Habría habido una guerra civil?
Kentucky no fue más que una frase en el drama de la historia. Comúnmente se nos dice qué trataron de hacer los actores humanos de este drama, pero rara vez se nos dice que sus éxitos (o fracasos) dependieron en alto grado de la reacción de suelos particulares al impacto de las presiones ejercidas por quienes ocuparon esas tierras. En el caso de Kentucky, ni siquiera sabemos de dónde vino el pasto azul, si es una especie nativa o un "polizón" de Europa.
Compare los cañaverales con aquello que la visión histórica nos dice acerca del sudoeste, donde los pioneros eran igualmente valientes, ingeniosos y perseverantes. El impacto de la ocupación en este lugar no trajo el pasto azul ni ninguna otra planta apta para soportar los rigores y embates del uso pasado. Cuando esta región fue dedicada al pastoreo, volvió a su estado primitivo pasando por etapas de pastos, arbustos y hierbas cada vez más inservibles, hasta alcanzar la condición de un equilibrio inestable. Cada desaparición de un tipo de plantas produjo erosión; cada incremento en la erosión produjo aún más desapariciones de plantas. El resultado actual es un deterioro progresivo y recíproco, no solo de plantas y suelos, sino de la comunidad animal que subsiste en ellos. Los primeros colonizadores no esperaban esto: algunos incluso cavaron zanjas en las ciénagas de Nuevo México para acelerar su desecación. El proceso ha sido tan sutil que pocos residentes de la región lo han percibido. Es casi invisible para el turista, que hoy encuentra este arruinado paisaje encantador y lleno de colorido (como en realidad lo es, pero que se asemeja muy poco a cómo era en 1848).
Este mismo paisaje ya había sido "desarrollado" una vez antes, pero con resultados muy diferentes. Los amerindios pueblo colonizaron el sudoeste en tiempos precolombinos, pero ellos no poseían ganado de pastoreo. Su civilización expiró, pero no porque su tierra expirara.
En la India se han poblado regiones desprovistas de hierba tipo pastizal, aparentemente sin dañar la tierra, a través de la sencilla práctica de llevarle el pasto a la vaca y no a la inversa (¿Fue esto el resultado de una profunda sabiduría o fue tan solo buena suerte? No lo sé).
En suma, la sucesión de plantas ha marcado el curso de la historia; el pionero simplemente hizo patente, para bien o para mal, qué sucesiones eran inherentes a la tierra. ¿Se enseña la historia con este espíritu? Así ocurrirá una vez que el concepto de tierra como comunidad penetre realmente nuestra vida intelectual.
La Conciencia Ecológica
La conservación es un estado de armonía entre los hombres y la tierra. A pesar de casi un siglo de propaganda, la conservación todavía marcha a paso de tortuga; el progreso en esta área consiste, en su mayor parte, en consignas piadosas y oratoria convencional. Todavía en los años 40, por cada paso que damos hacia adelante damos dos pasos hacia atrás.
La respuesta usual a este dilema es "más educación sobre conservación". Nadie discute esto, pero ¿es verdad que solo necesita incrementarse la "cantidad" de educación? ¿No faltará algo también en el "contenido"?
Resulta difícil presentar un resumen adecuado de su contenido en forma breve, pero, a mi entender, el contenido es esencialmente este: obedezca la ley, vote correctamente, afíliese a algunas organizaciones y practique la conservación que sea rentable en su propia tierra; el gobierno hará el resto.
¿No será esta fórmula demasiado fácil para lograr algo que valga la pena? Esta no define lo que está bien o mal; no asigna obligaciones ni pide ningún sacrificio; tampoco implica cambio alguno en la filosofía de los valores actuales. Con respecto al uso de la tierra, solo demanda un lúcido interés personal. Pero ¿cuan lejos nos llevará dicha educación? El siguiente ejemplo tal vez nos provea una respuesta parcial.
En 1930 había quedado claro para todos, excepto para la gente ecológicamente ciega, que la capa superficial del suelo del sudoeste de Wisconsin se estaba perdiendo hacia el mar. En 1933 se dijo a los granjeros que si adoptaban ciertas prácticas correctivas durante cinco años, el sector público donaría la mano de obra además de la maquinaria y los materiales necesarios. La oferta fue aceptada ampliamente, pero las prácticas se olvidaron casi por completo cuando terminó el contrato por cinco años. Los granjeros solo continuaron con aquellas prácticas que les producían una ganancia económica inmediata y visible para ellos mismos.
Esto condujo a la idea de que tal vez los granjeros aprenderían con mayor rapidez si ellos mismos escribían las reglas. Por consiguiente, en 1937, la Legislatura de Wisconsin aprobó la Ley del Distrito de Conservación del Suelo. Esta, en efecto, decía a los granjeros: "Nosotros, el sector público, les proporcionaremos servicio técnico gratuito y les prestaremos maquinaria especializada si ustedes elaboran sus propias reglas para el uso de la tierra. Cada condado podrá redactar sus propias reglas y estas tendrán fuerza de ley". Casi todos los condados se organizaron rápidamente para aceptar la ayuda propuesta, pero, después de una década de operación, "ningún condado ha escrito todavía una sola regla". Ha habido progresos visibles en prácticas tales como el cultivo de granos, el mejoramiento de praderas y la aplicación de cal al suelo, pero no en el cercado de áreas de reserva de protección de bosque para protegerlas del pastoreo, ni en la exclusión del arado ni del ganado en laderas con pendientes pronunciadas. En suma, los granjeros han seleccionado aquellas prácticas correctivas que de todas maneras les eran rentables e ignoraron aquellas que eran beneficiosas para toda la comunidad pero no eran claramente rentables para ellos mismos.
Cuando alguien pregunta por qué no se han escrito reglas, se responde que la comunidad todavía no está preparada para apoyarlas; la educación debe preceder a las reglas. Pero la educación que realmente está en marcha no menciona ninguna obligación hacia la tierra que esté por encima de aquellas dictadas por el interés propio. El resultado neto es que tenemos más educación pero menos suelo, menos bosques saludables y tantas inundaciones como en 1937.
Lo desconcertante de tales situaciones es que en proyectos con comunidades rurales, tales como el mejoramiento de caminos, escuelas, iglesias y equipos de béisbol, se da por hecho que existen obligaciones que se hallan por encima del interés propio. En cambio, su existencia no se da por hecho ni tampoco se discute seriamente cuando se trata de mejorar el destino del agua que cae sobre la tierra, o para preservar la belleza o la diversidad del paisaje agrícola. La ética del uso de la tierra está todavía completamente gobernada por el interés económico propio, tal como ocurría con la ética social hace un siglo.
Para resumir, le pedimos al agricultor que hiciera lo que pudiera según su conveniencia para salvar su suelo, y él ha hecho eso y solamente eso. El granjero que tala los bosques en una ladera con 75 % de pendiente y lleva luego su ganado a ese claro, provocando que el agua de lluvia, las rocas y el suelo sean arrastrados por el riachuelo de la comunidad, sigue siendo un miembro respetado por la sociedad (si es decente en los otros aspectos de su vida). Si agrega cal a sus campos y siembra sus cultivos siguiendo las curvas de nivel, él continúa teniendo derecho a todos los privilegios y subvenciones que le otorga su distrito para la conservación del suelo. El distrito es una hermosa pieza de maquinaria social, pero está funcionando con dificultad porque hemos sido demasiado tímidos y demasiado ansiosos en nuestros anhelos por éxito rápido, para indicarle al granjero la verdadera magnitud de sus obligaciones. Las obligaciones no significan nada sin una conciencia, y el problema que enfrentamos es cómo extender la conciencia social de la gente hacia la tierra.
Nunca se ha logrado un cambio importante en la ética sin un cambio interno en nuestras prioridades intelectuales, lealtades, afectos y convicciones. La prueba de que la conservación todavía no ha tocado estos fundamentos de la conducta radica en el hecho que ni la filosofía ni la religión todavía se ha ocupado de ella. En nuestro intento por facilitar la conservación, la hemos vuelto trivial.
Sustitutos para una Ética de la Tierra
Cuando la lógica de la historia tiene hambre de pan y nosotros le ofrecemos una piedra, encontramos dificultades para explicar cuánto se parece la piedra al pan. Ahora describiré algunas de las piedras que empleamos como sustituto de una ética de la tierra.
Una debilidad básica en un sistema de conservación basado completamente en motivaciones económicas es que la mayoría de los miembros de la comunidad de la tierra no posee valor económico. Las flores silvestres y las aves canoras son ejemplos de esto. De las 22.000 plantas vasculares y animales superiores nativos de Wisconsin, es dudoso que más del 5 % pueda venderse, comerse, usarse como forraje o que pueda dársele algún uso económico. Sin embargo, estas criaturas son miembros de la comunidad biótica, y si (como yo lo creo) su estabilidad depende de su integridad, tienen derecho a seguir existiendo.
Cuando una de estas categorías no económicas se ve amenazada, y si ocurre que la amamos, inventamos subterfugios para atribuirle importancia económica. A principios de siglo XX se pensaba que las aves canoras estaban desapareciendo. Los ornitólogos salieron al rescate aduciendo pruebas singularmente dudosas que los insectos nos comerían si los pájaros no los controlaban. Las razones aducidas tenían que ser económicas para ser válidas.
Resulta doloroso leer estos circunloquios hoy en día. Todavía no tenemos una ética de la tierra, pero por lo menos estamos cerca de admitir que las aves debieran seguir viviendo por un derecho biótico, independientemente de la presencia o ausencia de provecho económico para nosotros.
Existe una situación paralela con respecto a los mamíferos depredadores, las aves de rapiña y las aves que se alimentan de peces. Hubo un tiempo en que los biólogos de alguna manera sobrevaloraron las pruebas de que estas criaturas conservan la salud de los animales de caza matando a los más débiles, o que controlan los roedores en beneficio del granjero, o que solo depredan especies "sin valor". Aquí, nuevamente, las razones tenían que ser económicas para poder ser válidas. Solo en años recientes hemos escuchado el razonamiento más honesto que los depredadores son miembros de la comunidad, y que ningún interés particular tiene el derecho de exterminarlos para obtener algún beneficio, real o imaginario, para sí mismo. Por desgracia, este lúcido punto de vista está aún en etapa de discusión. En el campo, el exterminio de depredadores simplemente continúa: piénsese en la inminente desaparición del lobo gris norteamericano con autorización del Congreso, de las oficinas para la conservación y muchos cuerpos legislativos estatales.
Algunas especies de árboles han sido "borradas del mapa" por silvicultores movidos por intereses económicos debido a que crecen demasiado lento o porque tienen un valor comercial muy bajo como material de construcción: el cedro blanco, el alerce norteamericano, el ciprés, la haya y el abeto son algunos ejemplos. En Europa, donde la silvicultura está más avanzada desde el punto de vista ecológico, las especies de árboles no comerciales se reconocen como miembros de la comunidad forestal nativa, para ser conservadas como tales, dentro de los límites razonables, además, se ha descubierto que algunas de ellas (como la haya) cumplen una valiosa función que favorece la fertilidad del suelo. La interdependencia del bosque y las especies de árboles que lo constituyen, la flora del suelo y la fauna, se da por hecho.
La falta de valor económico a veces no es una característica tan solo de especies o de grupos de especies, sino de comunidades bióticas completas: pantanos, ciénagas, dunas y "desiertos" son algunos ejemplos. Nuestra fórmula en tales casos es delegar su conservación al gobierno como refugios, monumentos o parques. La dificultad estriba en que esas comunidades bióticas están generalmente entremezcladas con tierras privadas más valiosas; el gobierno posiblemente no puede apropiarse o controlar esas parcelas dispersas. El resultado neto es que hemos condenado a algunas de ellas a la extinción total a lo largo de vastas extensiones. Si el propietario privado tuviera una mentalidad ecológica, estaría orgulloso de ser el guardián de una porción razonable de dichas áreas, que agregan diversidad y belleza a su granja y a su comunidad.
En algunas ocasiones se ha demostrado que la supuesta carencia de rentabilidad en estas áreas "inservibles" no es tal, pero solo una vez que se ha destruido la mayor parte de ellas. La campaña actual para restituir el agua a los pantanos donde habita la rata almizclera es un ejemplo ilustrativo.
Existe una clara tendencia en la conservación estadounidense a delegarle al gobierno todas las tareas necesarias que los terratenientes privados no llevan a cabo. En la actualidad, el gobierno posee, opera, subsidia y regula ampliamente la silvicultura, el manejo de cadenas montañosas, de suelos y cuencas, la conservación de parques y áreas vírgenes, el control de la pesca y de las aves migratorias; y seguramente gestionará más rubros en el futuro. La mayor parte de este crecimiento en la conservación a cargo del gobierno es adecuado y lógico; y algunos de estos aspectos son inevitables. El que yo no lo desapruebe está implícito en el hecho que he pasado la mayor parte de mi vida trabajando para el gobierno. Sin embargo, surge la pregunta: ¿cuál es la verdadera magnitud de este trabajo? ¿Cubrirán los impuestos sus ramificaciones futuras? ¿En qué momento la conservación gubernamental se volverá inválida, como el mastodonte, por sus enormes dimensiones? La respuesta, si la hay, parece estar en una ética de la tierra, o en alguna otra fuerza que imponga más obligaciones al terrateniente privado.
Los propietarios y los usuarios de tierra industrial, especialmente madereros y ganaderos, tienden a lamentarse continua y ruidosamente sobre las extensiones de las posesiones del gobierno y su regulación de la tierra; pero (con notables excepciones) muestran poca disposición para desarrollar la única alternativa que podemos vislumbrar: la práctica voluntaria de la conservación en sus propias tierras.
Cuando hoy se le pide al terrateniente privado que realice alguna acción no lucrativa para bien de la comunidad, él acepta, pero con la mano extendida. Si esa acción le cuesta dinero, es justo y apropiado que reciba subsidio; pero cuando cuesta solo previsión, mentalidad abierta o tiempo, el asunto se vuelve por lo menos discutible. El abrumador crecimiento de subsidios al uso de la tierra en años recientes debe atribuirse, en gran parte, a las propias agencias del gobierno encargadas de impartir educación sobre conservación: las oficinas de tierras, escuelas agrícolas y universidades y los servicios de extensión. Hasta donde puedo detectar, no se enseña ninguna obligación ética hacia la tierra en dichas instituciones.
Para resumir, un sistema de conservación basado solamente en un interés económico individual, es irremediablemente desequilibrado. Tiende a ignorar, y por lo tanto a eliminar eventualmente muchos elementos de la comunidad de la tierra que carecen de valor comercial, pero que son esenciales (hasta donde sabemos) para su sano funcionamiento. Se supone de manera errónea, en mi opinión, que las piezas económicas del reloj biótico funcionarán sin las piezas no económicas. Se tiende a delegar en el gobierno muchas funciones que son a la larga demasiado extensas, complicadas o diversas como para que pueda realizarlas.
Una obligación ética por parte del propietario privado es el único remedio que podemos vislumbrar para estas situaciones.
La Pirámide de la Tierra
Una ética para complementar y guiar la relación económica con la tierra presupone la existencia de alguna imagen mental de la tierra concebida como un mecanismo biótico. Solo podemos actuar éticamente en relación con aquello que podemos ver, sentir, comprender, amar o "de algún modo" tener fe.
La imagen que se emplea comúnmente en educación sobre la conservación es "el equilibrio de la naturaleza". Por razones demasiado extensas para ser detalladas aquí, esta metáfora no describe con precisión cuan poco sabemos acerca del mecanismo de la tierra. Una metáfora mucho más veraz es la que se emplea en ecología: la de pirámide biótica. Primero describiré la pirámide como un símbolo de la tierra y después desarrollaré algunas de sus implicaciones en términos de uso de la tierra.
Las plantas absorben energía del sol. Esta energía fluye a través de un circuito llamado biota, que puede ser representado por una pirámide formada por capas o niveles. El nivel de la base es el suelo. Una capa de plantas descansa sobre el suelo; una capa de insectos, sobre las plantas; una capa de pájaros y roedores sobre los insectos, y así sucesivamente se asciende a través de varios grupos animales hasta llegar al nivel superior, constituido por los grandes carnívoros.
Las especies dentro de un nivel son similares no por su origen o por su morfología, sino por lo que comen. Cada nivel sucesivo depende de los niveles inferiores para su alimento y a menudo para otros servicios, y a su vez cada nivel proporciona alimento y servicios para los niveles superiores. A medida que ascendemos, cada nivel presenta menor abundancia numérica. Por lo tanto, para cada carnívoro hay cientos de presas de las cuales proveerse; esta a su vez cuenta con miles, millones de insectos, innumerables plantas. La forma piramidal del sistema refleja esta progresión numérica desde la cima hasta la base. El hombre comparte un nivel intermedio con los osos, los mapaches y las ardillas, que comen tanto carne como vegetales.
Las líneas de dependencia para la alimentación y otros servicios se llaman cadenas alimenticias. Así, suelo-roble-venado-indio es una cadena que hoy ha sido reemplazada por la cadena suelo-maíz-vaca-granjero. Cada especie, incluidos nosotros mismos, es un eslabón en muchas cadenas. El venado come cientos de plantas además del roble, y la vaca cientos de plantas además del maíz. Así, ambos son eslabones en centenas de cadenas. La pirámide es una maraña de cadenas tan compleja que parece desordenada; sin embargo, la estabilidad del sistema demuestra que se trata de una estructura altamente organizada. Su funcionamiento depende de la cooperación y la competencia entre sus diversas partes.
Al principio, la pirámide de la vida era baja y achatada; las cadenas alimenticias eran cortas y simples. La evolución ha añadido capa tras capa, eslabón tras eslabón. El hombre es uno de los miles de los componentes que se han sumado a la altura y la complejidad de la pirámide. La ciencia nos ha planteado muchas dudas, pero nos ha dado, por lo menos, una certeza: la tendencia de la evolución es a elaborar y diversificar la biota.
La tierra, entonces, no es solamente suelo; ella es una fuente de energía que fluye a través de un circuito de suelos, plantas y animales. Las cadenas alimenticias son los canales vivientes que conducen la energía hacia arriba; la muerte y la descomposición la regresan al suelo. El circuito no está cerrado: parte de la energía se disipa en la descomposición; otra parte se añade por absorción desde el aire; otra se almacena en los suelos, las turbas y en bosques longevos; sin embargo, es un circuito sostenido como un fondo turbulento de vida que aumenta lentamente. Siempre hay una pérdida neta por el deslave cuesta abajo, pero normalmente es pequeña y la compensa la desintegración de las rocas. Ese material se deposita en el océano y, en el curso del tiempo geológico, resurge para formar nuevas tierras y nuevas pirámides.
La velocidad y el carácter del flujo ascendente de energía dependen de la compleja estructura de la comunidad de plantas y animales, tanto como el flujo ascendente de savia en un árbol depende de su compleja organización celular. Sin esta complejidad, la circulación normal probablemente no ocurriría. La estructura de la comunidad está definida por el número característico de especies, funciones y tipos característicos de las especies componentes. Esta interdependencia entre la compleja estructura de la tierra y su continuo funcionamiento como una unidad de energía es uno de sus atributos básicos.
Cuando ocurre un cambio en alguna parte del circuito, muchas otras partes tienen que ajustarse también. El cambio no necesariamente obstruye o desvía el flujo de energía. La evolución es una larga serie de cambios autoinducidos, cuyo resultado final ha sido elaborar el mecanismo de flujo y alargar el circuito. Los cambios evolutivos, sin embargo, son por lo general lentos y locales. La invención de las herramientas por el hombre le ha permitido hacer cambios de una violencia, rapidez y alcance sin precedentes.
Uno de esos cambios está en la composición de floras y faunas. Los grandes depredadores han sido expulsados de la cima de la pirámide; por primera vez en la historia, las cadenas alimenticias se acortan en lugar de alargarse. Las especies domesticas sustituyen a las especies silvestres locales, y las especies silvestres son desplazadas hacia nuevos habitats. En este intercambio mundial de floras y faunas, algunas especies rebasan los límites de sus territorios en forma de plagas o enfermedades mientras otras se extinguen. Tales efectos rara vez son intencionales o previstos; ellos representan reajustes impredecibles en la estructura y con frecuencia son inescrutables. La ciencia de la agricultura es en gran medida una carrera entre el surgimiento de nuevas plagas y el surgimiento de nuevas técnicas para controlarlas.
Otro de esos cambios modifica el flujo de energía a través de plantas y animales y su regreso al suelo. La fertilidad es la capacidad del suelo para recibir, almacenar y liberar energía. La agricultura, por el uso excesivo del suelo o por una sustitución radical de especies nativas por domésticas en la superestructura, puede alterar los canales de flujo de energía o agotar la energía almacenada. Los suelos que han sufrido agotamiento o que han sido despojados de la materia orgánica que fija la energía se deslavan más rápidamente de lo que se forman. Esto es la erosión.
Las aguas, como el suelo, son parte del circuito de energía. La industria, al contaminar las aguas o al obstruir su flujo con represas, puede eliminar plantas y animales necesarios para mantener la energía en circulación.
El transporte humano trae consigo otro cambio básico: ahora las plantas o los animales que crecen en una región se consumen y regresan al suelo en otra región. El transporte lleva la energía almacenada en las rocas y en el aire y la utiliza en otros lugares; así, fertilizamos el jardín con nitrógeno procedente del guano de las aves que han comido peces en mares al otro lado de la línea ecuador. De esta manera, los circuitos que antes eran localizados e independientes, se entremezclan a escala mundial.
El proceso de alteración de la pirámide debido a la ocupación humana libera la energía almacenada, y esto con frecuencia da lugar, cuando llegan los primeros colonizadores, a una engañosa exuberancia de vida vegetal y animal, tanto silvestre como doméstica. Esas liberaciones de capital biótico tienden a enmascarar o posponer las consecuencias negativas de tal violencia.
Este bosquejo práctico de la tierra como un circuito de energía conlleva tres ideas básicas:
1)         Que la tierra no es tan solo suelo,
2)  Que las especies de plantas y animales nativos mantuvieron abierto el circuito de energía; otras especies pueden mantenerlo así o no, y que
3)  Que los cambios provocados por el hombre son de un orden diferente al de los cambios evolutivos, y tienen efectos más amplios de los que el ser humano propone o visualiza.
Estas ideas, colectivamente, plantean dos preguntas básicas: ¿puede la tierra ajustarse por sí misma al nuevo orden? ¿Pueden lograrse los cambios deseados con menos violencia?
Las biotas parecen diferir en su capacidad para mantener la conversión violenta. Europa occidental, por ejemplo, tiene una pirámide muy diferente a la encontrada por César. Han desaparecido algunos animales grandes; los bosques pantanosos se han convertido en praderas o tierras de cultivo; se han introducido muchas plantas y animales nuevos, muchos de los cuales han escapado en forma de plagas; las especies nativas remanentes han cambiado en gran medida en distribución y abundancia. Con todo, el suelo está todavía ahí y, con la ayuda de nutrientes importados, sigue siendo fértil; las aguas fluyen normalmente, la nueva estructura parece funcionar y persistir. No se perciben interrupciones o alteración visible del circuito.
Europa occidental, por lo tanto, tiene una biota resistente. Sus procesos internos son robustos, elásticos, resistentes a la presión que reciben. No importa cuan violentas sean las alteraciones, la pirámide ha logrado desarrollar hasta ahora nuevos modus vivendi que preservan su habitabilidad para el hombre y la mayoría de las otras plantas y animales nativos.
Japón parece presentar otro ejemplo de conversión radical sin desorganización.
La mayoría de las demás regiones civilizadas, y también algunas que han sido apenas tocadas por la civilización, exhiben diversos grados de desorganización desde los síntomas iniciales hasta la devastación avanzada. En Asia Menor y el norte de África el diagnóstico es confuso debido a los cambios climáticos, pues estas pudieron haber sido la causa o el efecto del alto grado de destrucción. En los Estados Unidos de América el grado de desorganización varía según la localidad; es peor en el sudoeste, en Ozark y en algunos lugares del sur, y menor en Nueva Inglaterra y en el noroeste. Con un mejor uso de la tierra, todavía es posible detener el daño en las regiones menos avanzadas. En algunas partes de México, Sudamérica, Sudáfrica y Australia está en marcha un deterioro violento y acelerado cuyas perspectivas no puedo evaluar.
Este despliegue casi mundial de desorganización en la tierra parece ser semejante a la enfermedad en un animal, excepto porque esta nunca culmina en la desorganización total o en la muerte. La tierra se recupera, pero en un nivel de complejidad más bajo y con una menor capacidad de carga para mantener gente, plantas y animales. Muchas biotas actualmente consideradas "tierras de oportunidades" siguen todavía subsistiendo gracias a que son sometidas a una explotación agrícola intensiva; es decir, han rebasado su capacidad de carga sostenida. La mayor parte de Sudamérica está sobrepoblada en este sentido.
En regiones áridas intentamos compensar el proceso de deterioro por medio de la recuperación de la tierra, pero es demasiado evidente que la presunta longevidad de los proyectos de recuperación suele ser efímera. En el occidente de Estados Unidos los mejores proyectos no alcanzarían a durar ni siquiera un siglo.
La evidencia combinada de la historia y la ecología parece apoyar una deducción general: mientras menos violentos sean los cambios hechos por el hombre, mayor será la probabilidad de que ocurra un reajuste exitoso en la pirámide. La violencia, a su vez, varía con la densidad de la población humana; una población densa requiere una conversión más violenta. A este respecto, Norteamérica tiene una mayor oportunidad de permanencia que Europa, si logra limitar su densidad demográfica.
Esta deducción contradice nuestra filosofía actual que supone que si un pequeño incremento en densidad enriqueció la vida humana, un aumento ilimitado la enriquecerá indefinidamente. La ecología no conoce ninguna relación de densidad que se mantenga para límites indefinidamente altos. Todas las ganancias provenientes de la densidad están sujetas a una ley de utilidad decreciente.
Cualquiera que sea la ecuación empleada que describa la relación entre los hombres y la tierra, es improbable que conozcamos ya todos sus términos. Descubrimientos recientes acerca de minerales y vitaminas en la nutrición revelan dependencias insospechadas en el circuito ascendente: cantidades increíblemente minúsculas de ciertas sustancias determinan el valor de los suelos para las plantas, y el de las plantas para los animales. ¿Y qué sucede con el circuito descendente? ¿Qué pasa con las especies en desaparición, cuya preservación consideramos hoy un lujo estético? Ellas ayudaron a formar el suelo; ¿en qué formas insospechadas pueden ser esenciales para su mantenimiento? El profesor Weaver propone que usemos flores silvestres de pradera para la refloculación de los suelos erosionados de las regiones que sufrieron el "dust bowl"; ¿quién sabe para cuál propósito se podría utilizar en el futuro a las grullas y los cóndores, las nutrias y los osos grises?


La Salud de la Tierra y la División A-B
Una ética de la tierra refleja, entonces, la existencia de una conciencia ecológica y esta, a su vez, refleja una convicción de responsabilidad individual por la salud de la tierra. La salud es la capacidad de la tierra para autorregenerarse. La conservación es nuestro esfuerzo por entender y preservar esta capacidad.
Los conservacionistas se destacan por sus discrepancias. Superficialmente, parecería que estas discrepancias solo aumentan la confusión, pero un examen más cuidadoso revela un único plano de división, común a muchos campos especializados. En cada campo, un grupo (A) considera a la tierra solo como suelo y su función como productora de mercancías; otro grupo (B) considera a la tierra como una biota y su función como algo más amplio. ¿Cuánto más amplio? Eso es algo que ciertamente está todavía en un estado de duda y confusión.
En mi propio campo, la silvicultura, el grupo A está bastante satisfecho cultivando árboles como si fueran repollos, con la celulosa como el producto forestal básico. No siente inhibición alguna frente a la violencia; su ideología es agronómica. Por otra parte, el grupo B considera a la silvicultura como algo fundamentalmente diferente de la agronomía porque emplea especies naturales y maneja un ambiente natural en lugar de crear uno artificial. El grupo B prefiere la reproducción natural en principio. Tanto por razones bióticas como económicas, se preocupa por la pérdida de especies como el castaño y por la amenaza de pérdida de los pinos blancos. Se interesa por toda una serie de funciones forestales secundarias: fauna silvestre, recreación, cuencas hidrológicas, áreas silvestres. A mi juicio, el grupo B siente la inquietud de conciencia ecológica.
En el campo de la fauna silvestre existe una división paralela. Para el grupo A las mercancías básicas son el deporte y la carne: la producción se mide por el número de faisanes cazados y el número de truchas capturadas. La propagación artificial es aceptable como un recurso tanto permanente como temporal (si sus costos por unidad lo permiten). El grupo B, por otra parte, se preocupa por una serie de cuestiones bióticas colaterales. ¿Cuál es el costo que se debe pagar, en términos de depredadores, para producir una cosecha de animales de caza? ¿Debemos recurrir más a menudo a las especies exóticas? ¿Cómo puede el manejo restaurar especies disminuidas como el urogallo de pradera, ya casi desaparecido como ave de caza? ¿Cómo puede el manejo restaurar especies raras amenazadas, como el cisne trompetero o la grulla chillona? ¿Pueden extenderse los principios de manejo a la flora silvestre? Resulta claro para mí que aquí también tenemos la misma división A-B que existe en la silvicultura.
En el campo más amplio de la agricultura tengo menos autoridad para hablar, pero parece haber allí también divisiones en algún sentido paralelas. La agricultura científica se estaba desarrollando activamente antes que naciera la ecología, por lo tanto cabe esperar que los conceptos ecológicos penetren más lentamente. Además, el agricultor, por la naturaleza misma de sus técnicas, debe modificar la biota más radicalmente que el silvicultor o el manejador de fauna silvestre. No obstante, hay muchos descontentos en la agricultura que parecen sumarse a una nueva visión de "cultivo biótico".
Quizás el más importante de ellos es la nueva evidencia de que el peso o el volumen no son medidas del valor alimenticio de los cultivos agrícolas; los productos de un suelo fértil pueden ser superiores tanto cualitativa como cuantitativamente. Es posible elevar el peso de las cosechas obtenidas en suelos agotados agregando fertilizantes importados, pero eso no enriquece necesariamente su valor alimenticio. Las posibles ramificaciones finales de esta idea son tan inmensas que debo dejar su exposición a escritores más capacitados.
El movimiento alternativo que se autodenomina "cultivo orgánico", aunque posee ciertos rasgos propios de un culto, tiene sin embargo una orientación biótica en su dirección, particularmente insiste en la importancia del suelo, la flora y la fauna.
Los fundamentos ecológicos de la agricultura son tan poco conocidos para el público, como lo son otras áreas del uso de la tierra. Por ejemplo, pocas personas educadas se dan cuenta de que los maravillosos avances técnicos realizados durante décadas recientes, significan mejoras en la bomba más que en el pozo. Acre por acre, esos avances apenas han logrado compensar la caída en el nivel de fertilidad del suelo.
En todas estas divisiones vemos que se repiten las mismas paradojas básicas: el hombre como conquistador versus el hombre como ciudadano biótico; la ciencia como afilador para su espada versus la ciencia como una antorcha para explorar su universo; la tierra como esclava y sirviente versus la tierra como organismo o cuerpo colectivo.
El mandato de Robinson a Tristram bien podría aplicarse, en esta coyuntura, al Homo sapiens como una especie en el tiempo geológico:
Lo quieras o no,
Eres un rey, Tristram, porque eres uno de
aquellos pocos que han
Pasado la prueba del tiempo, y
Que al marcharse dejan un mundo diferente
de como era. Deja tu huella por donde
pasas.


La perspectiva
Me parece inconcebible que pueda existir una relación ética con la tierra sin amor, respeto y admiración por la tierra, y sin un gran aprecio por su valor. Por valor me refiero, obviamente, a algo mucho más amplio que el mero valor económico; me refiero al valor en el sentido filosófico.
Tal vez el obstáculo más serio que impide la evolución de una ética de la tierra es el hecho de que nuestro sistema educativo y económico se aleja de una intensa conciencia de la tierra en lugar de dirigirse hacia ella. El hombre cabalmente moderno está separado de la tierra por muchos intermediarios y por innumerables artefactos físicos. No tiene una relación vital con ella; para él, es el espacio entre ciudades en donde crecen los cultivos. Si se lo deja libre por un día en el campo y, si el lugar no resulta ser un campo de golf o un sitio "escénico", se morirá de aburrimiento. Si los cultivos pudieran ser hidropónicos evitando la labranza, le sentaría muy bien. Los substitutos sintéticos de la madera, la piel, la lana y otros productos naturales de la tierra le gustan más que los originales. En pocas palabras, la tierra es algo que "ha dejado atrás".
Otro obstáculo casi igualmente serio para la ética de la tierra, es la actitud del granjero para quien esta es todavía un adversario o un capataz que lo mantiene en la esclavitud. Teóricamente, la mecanización del cultivo de la tierra debería cortar las cadenas del agricultor, pero es discutible si realmente lo hace.
Uno de los requisitos para una comprensión ecológica de la tierra es el conocimiento de la ecología, y esto no está de ningún modo incluido en la "educación"; de hecho, gran parte de la educación superior parece evitar deliberadamente los conceptos ecológicos. El conocimiento de la ecología no se origina necesariamente en cursos que tengan el nombre de ecología; es igualmente probable que se genere en cursos que lleven el nombre de geografía, botánica, agronomía, historia o economía. Así es como debe ser, pero cualquiera sea el nombre del curso, la educación ecológica es escasa.
La causa de una ética de la tierra podría parecer sin esperanza si no fuera por la minoría que está en obvia rebelión contra estas tendencias "modernas".
El "obstáculo clave" que debe eliminarse para liberar el proceso evolutivo hacia una ética es simplemente este: dejar de pensar en el uso decente de la tierra como un problema exclusivamente económico. Examínese cada cuestión en términos de lo que es ética y estéticamente correcto, así como también económicamente conveniente. Algo es correcto cuando tiende a preservar la integridad, la estabilidad y la belleza de la comunidad biótica; y es incorrecto cuando tiende a lo contrario.
Por supuesto que no hace falta mencionar que la viabilidad económica limita la extensión de aquello que se puede o no hacer por la tierra. Siempre ha sido así y así será siempre. La falacia que los deterministas de la economía han atado a nuestro cuello colectivo (y de la que ahora necesitamos liberarnos) es la creencia de que la economía determina todo uso de la tierra. Esto simplemente no es verdad. Un cúmulo innumerable de acciones y actitudes, incluidas tal vez la mayor parte de las relaciones que tenemos con la tierra, son determinadas por los gustos y las preferencias de los usuarios de la tierra, más que por sus bolsillos. La mayor parte de las relaciones con la tierra gira en torno al tiempo invertido, los planes para el futuro, las habilidades y la fe, más que en torno a las inversiones de dinero. El usuario de la tierra vive de acuerdo a cómo piensa.
He presentado a propósito la ética de la tierra como un producto de la evolución social porque nada tan importante como una ética está "escrito". Solo el estudiante más superficial de historia supone que Moisés "escribió" el decálogo; este evolucionó en la mente de una comunidad pensante; y Moisés escribió un resumen tentativo del mismo para un "seminario". Digo tentativo porque la evolución nunca se detiene.
La evolución de una ética de la tierra es un proceso tanto intelectual como emocional. La conservación está cimentada sobre buenas intenciones que han probado ser inútiles, o incluso peligrosas, porque están desprovistas de la comprensión crítica de la tierra o de su uso económico. Creo que es un axioma que, en la medida que avanza la frontera de la ética y pasa del individuo a la comunidad, su contenido intelectual aumenta.
El mecanismo de operación es el mismo para toda ética: aprobación social para las acciones correctas; desaprobación social para las acciones incorrectas.
En términos generales, nuestro problema actual es de actitudes y herramientas. Estamos remodelando la Alhambra con una pala mecánica y estamos orgullosos de nuestros logros. Difícilmente renunciaremos a la pala, que, después de todo, tiene muchos puntos buenos, pero necesitamos criterios más amables y más objetivos para utilizarla con éxito.
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Este texto fue tomado de:
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[1] Ensayo de Aldo Leopold publicado postumamente en 1949. Traducido al español a partir de "The Land Ethic", en: "A Sand County Almanac with Essays on Conservation from Round River: 237-264. Ballantine, Nueva York, USA. 1966. Traducción de Ricardo Rozzi y Francisca Massardo.

domingo, 2 de junio de 2013

Plástico Convencional Prohibido


En la provincia de Buenos Aires, por ley 13.868 de 2008, se prohíbe que las bolsas de polietileno que se entregan en supermercados sean de plástico convencional.
La ley no aclara con qué objeto se prohíbe esto y no da ninguna justificación. Simplemente indica que el polietileno convencional deberá ser reemplazado por material degradable y/ o biodegradable, y estipula los plazos.
Desde que se promulgó esta ley, creo que todos hemos escuchado – y los medios han colaborado a ello – que esta era una iniciativa para cuidar el ambiente, una iniciativa ecológica, etc., etc.
Seguramente también hemos visto todo tipo de bolsas de plástico con leyendas cursi como: "Ayudamos a Cuidar el Ambiente", "Yo cuido el Planeta", etc.

Hecha la Ley, Hecha la Trampa

¿Adiviná qué? El plástico degradable más barato de producir, es el que se hace adicionando almidón de maíz al plástico convencional.
"A fines de los ochentas, la industria del maíz generó mucha expectativa con la llegada del plástico "biodegradable" que podía ser utilizado para cualquier propósito incluyendo bolsas de basura. La novedad estaba en el agregado de almidón de maíz al plástico estándar. Al ser expuesto al medio ambiente, el almidón se disolvía y el plástico se desgranaba. Pero eso era todo lo que ocurría. Quedaba de hecho tanto plástico como antes, pero en pedacitos muy pequeños."
En mi opinión, esto es como barrer la basura bajo la alfombra "Si ya no lo veo, entonces no existe".
Este es el plástico que se utiliza en muchas de las bolsas que ves a diario y que tienen el sello de aprobación que la ley exige.
Ahora ya lo sabés. Las bolsas "verdes" no son tan "verdes". Hay otros tipos de plásticos degradables que son menos malos para el ambiente, pero resultan más caros, y la ley no distingue entre ellos.
Mi recomendación con respecto a todos los descartables de plástico es: "Hacer todo lo posible por no utilizarlos".

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El texto de la ley 13868 de la provincia de Buenos Aires lo pueden encontrar en:

El párrafo entre comillas es de Brewster Kneen en "Gigante Invisible – Cargill y sus estrategias transnacionales" - 2002.
El original en inglés de este libro lo pueden encontrar en:
http://ramshorn.ca/invisible-giant-cargill-and-its-transnational-strategies
Su texto original es:
"In the late 1980s a lot of excitement had been generated by the corn industry over the advent of a 'biodegradable' plastic that could be used for all kinds of purposes including garbage bags. The novelty was the addition of corn starch to the normal plastic. When exposed to the weather, the corn starch would dissolve and the plastic would crumble. But that was all it did. There was, in fact, just as much plastic left, but it was in little bits."
(la traducción es mía).


Domingo 2 de Junio de 2013.